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La franja horaria y el cambio de hora en verano: un problema para los españoles

Federico G. Witt

Actualizada: 02/11/2004

Un sevillano, un berlinés, un ateniense, un israelita y un turco, que trabajan para la misma multinacional, acuerdan ponerse en contacto simultáneamente desde sus oficinas locales por videoconferencia a las 8 de la mañana de un lunes cualquiera de junio.

Franjas horarias de invierno

La hora es la misma y al mismo tiempo para todos ellos. El alemán, el griego, el turco y el israelita se levantan a las 6:30 a.m., llegan a la oficina a las 7:45, se sirven una taza de café, miran el reloj y ven que han hecho bien madrugando un poco, porque aún tienen tiempo de hojear la prensa del día antes de que dé comienzo la videoconferencia.

A las 8:00 a.m. se conectan y ven que el sevillano aún no ha llegado. Entonces deciden, gentilmente, esperarle. A las 8:15 a.m. el griego y el turco piensan que, aunque pasa un cuarto de hora del tiempo, eso les da oportunidad de leer las noticias deportivas en sus respectivos diarios matinales. Pero el alemán y el israelita se están enfadando... “Malditos españoles…, panda de vagos…, siempre igual…, no son serios...”

El despertador del sevillano había sonado a las 6:30 a.m., pero lo apagó inmediatamente, vencido por el sueño. Una hora más tarde, este desdichado personaje dio un salto de la cama y se vistió como pudo; salió de su casa poniéndose los zapatos; se afeitó dentro del coche, aprovechando los semáforos; subió las escaleras hasta su oficina corriendo y atropellando a la mujer de la contrata de limpieza, que le miró de soslayo, no lo suficientemente asombrada como para ocultar su desaprobación; y a las 8:20 a.m, por fin, le vemos conectándose por videoconferencia y pidiendo perdón efusivamente al resto de sus colegas. El alemán y el israelita no ocultan su indignación. La videoconferencia se presenta tensa y, ciertamente, poco amistosa.

No es justo. No, no lo es. No tiene ningún mérito levantarse a las 6:00 a.m. en Tel Aviv, y sí que lo tiene hacer lo correspondiente en Sevilla. La pura verdad es que el sevillano, si se hubiera levantado cuando sonó el despertador, habría madrugado tres horas más que sus colegas. Si consideramos la hora solar real, atendiendo a la latitud y longitud del lugar de residencia de cada uno de los otros, y si consideramos que es cierto que éstos se habían levantado a las 6:30 a.m., a nuestro amigo sevillano le estaban pidiendo que se levantase ¡a las 3:30 a.m.!

Al sevillano le cuesta muchísimo levantarse a esa hora cada día, y no me extraña. Y eso que no es una hora muy sorprendente para levantarse en España. Fíjense: si consideramos los ritmos circadianos y diarios que rigen los ciclos de sueño-vigilia de nuestro organismo, que a su vez vienen determinados por la concentración en sangre de una hormona que incita somnolencia, llamada melatonina, y cuya producción se inhibe por una señal que responde a la incidencia de los rayos de luz sobre nuestra retina, para el griego, el alemán, el israelita y el turco ya es de día, pero para nuestro paisano sevillano aún es de noche... y bien de noche.

Para que luego nos tachen de vagos...

Pero es que el sevillano todavía se sintió peor cuando vio que en la siguiente reunión por videoconferencia se añadió un inglés y todos accedieron a reunirse a las 9:00 a.m. en lugar de acordar hacerlo a las habituales 8:00 a.m., en deferencia al colega británico, que se negaba a tener que levantarse a las 5:30 a.m., hora local, para entrevistarse con el resto. En este caso, siendo justos, debido a la diferencia de latitud, el sevillano todavía madrugaría una hora más que el inglés si se tuviera en cuenta el horario natural. Pero como residimos en un país que en verano utiliza el mismo horario que los de los colegas europeos orientales... a fastidiarse tocan...

Ignoro las razones por las que nuestro horario de otoño-invierno se equipara al de los alemanes o incluso al de los polacos, pero lo peor es que, además de sufrir los desajustes que supone la diferencia horaria natural, en verano agravamos este hecho voluntariamente añadiendo a nuestro reloj una hora extra (adelantando el reloj en primavera), con lo que igualamos el horario de turcos e israelitas y a mi juicio sólo nos perjudicamos nosotros mismos.

España debería reconsiderar lo de incluirse en el huso horario GMT+1, que en verano en realidad es GMT+2. En lugar de eso nos convendría incluirnos en el huso GMT (el de Greenwich, el bueno, cuyo meridiano atraviesa Tarragona o Valencia, o pasa por ahí cerca), lo que nos dejaría en la misma franja horaria que a Gran Bretaña, Portugal o Canarias, que es lo que nos corresponde geográficamente. O, como mínimo, no deberíamos efectuar el cambio de horario de verano, ya que el ahorro de energía que esto supone para nuestro país es mínimo (o nulo, ya que somos un país trasnochón y que enciende aparatos y bombillas por la noche, no por la mañana, aparte de que en verano el trasnochar tiene sus ventajas adicionales en las regiones donde la canícula aprieta con mayor insistencia) y muchos países, como los que he citado excepto Alemania, no realizan esta práctica del ajuste del horario de verano.

Sí, es cierto que hay una directiva europea que recomienda adelantar la hora en verano y retrasarla en invierno para ahorrar energía, pero también es cierto que algunos países han decidido no hacerlo y que además en España no se consigue ahorrar energía mediante esta práctica. Y más cierto es, todavía, que el cambio de horario afecta negativamente a muchas personas, sobre todo a ancianos y niños (obviemos a cierto sevillano conocido nuestro) provocándoles algo así como un jet-lag in situ.

Si me lee algún ministro algún día, hágame caso. No nos conviene. Nos coloca en clara desventajaFranjas horarias reales respecto a nuestros vecinos comunitarios y además no es sano tanto guirigay de horas arriba y abajo...

...aparte de que no se puede adelantar una hora el reloj digital de mi coche sin darle 23 veces con la punta de un bolígrafo a un chirimbolo ciertamente diminuto, lo que resulta extremadamente incómodo y enojoso.