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Jueves 08 del Enero de 2009 — Actualizado a las: 17:23 PM
Francisco Dancausa Ruiz
Actualizada: 09/01/2006
Todos los que aún seguimos manteniendo la fe en la “imagen y semejanza del hombre” convertimos nuestras conciencias en estos primeros días de enero en un místico muro de las lamentaciones, donde con la devoción de la intimidad anidamos en los resquicios de nuestras agrietadas almas las promesas más puras y divinamente ingenuas que el corazón pueda crear.
De todos los actos íntimos que nos marca el calendario, la entrada de año es uno de ellos. Es precisamente en esa virginidad del almanaque, desocupada de toda potestad por nuestra esperanza, donde cada comienzo de ciclo nos apresuramos a esparcir la semilla de un futuro, como mínimo más acorde con la dignidad de seres humanos que profesamos. Todos los que aún seguimos manteniendo la fe en la “imagen y semejanza del hombre” convertimos nuestras conciencias en estos primeros días de enero en un místico muro de las lamentaciones, donde con la devoción de la intimidad anidamos en los resquicios de nuestras agrietadas almas las promesas más puras y divinamente ingenuas que el corazón pueda crear. Así volvemos a dejar limpio ese paraíso de los arquetipos en el que pasean nuestros ideales y en el que purificamos nuestras obras, estrenándolo cada año nuevo. Es esta la prueba más perentoria de que el espíritu abrumado por la existencia material necesita burlar a la historia, aboliéndola en la constante regeneración cósmica del tiempo. Por ello, ni cortos ni perezosos, escribamos en el pudor de ese cielo esperado del año reciente, con la fuerza moral del que vive una sola vez, unas estrofas del testamento de la eternidad al que todos tenemos derecho.
Yo suscribo estos versos, de autor anónimo, al Año Nuevo:
“Páramo extenso de mi alma, / de ilusión indefinido e inmaculado, / esperando ligero a que lo horaden / los pasos protectores de tu fe. / Vientos céfiros a mi rostro / de esperanzas antiguas y peregrinas / que a templar devotos el afán / de la luz de mi amor en tus mejillas, / vuelven nuevos a mis labios, / de besos soñados e inéditos. / En mis ojos el cielo suplica, / del tiempo de mis frutos / la resurrección / que de tu mirada / gotea en mis manos. / Año que en mi hado principias / amplio de pasión y albura, / como el descanso eterno de mi corazón / en la redentoras comisuras de tu sonrisa.”
Diario CÓRDOBA (4-I-2006)
fdancausa@wanadoo.es