Actualidad de economía y nuevas tecnologías.

Jueves 08 del Enero de 2009 — Actualizado a las: 18:04 PM

Director: Humberto Salerno

La adopción hoy: ¿un acto de generosidad?

Felipe Cantos

Actualizada: 13/01/2006

Dicen que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Pero sólo podremos llamarla así si es desprendida y tiene, principalmente, un efecto beneficioso sobre los demás. De otro modo su nombre será, sencillamente: egoísmo.

Durante mucho tiempo he admirado a todos aquellos que mostrando un alto grado de generosidad y entrega por los demás tomaban la difícil decisión de adoptar un niño. Aún así, es justo reconocer que un buen porcentaje de las adopciones que se realizan, y se han realizado, han estado condicionadas por el aspiración de compensar unas frustraciones originadas por deficiencias orgánicas, más que por el auténtico deseo de hacer algo por los demás, de un modo altruista. Eran, y son, en principio, la manera más fácil de cumplir un deseo que la madre naturaleza nos ha negado. Ello, en el caso de que no seamos responsables directos al haber dejado pasar el tiempo y, como dice el saber popular, “se nos haya pasado el arroz”. Soy plenamente consciente de que para un gran número de esas parejas, que a posteriori buscan con desesperación una adopción, sus prioridades fueron dirigidas durante años a otros objetivos muy distintos, como los económicos, los profesionales e, incluso, los lúdicos. Pese a ello, siempre es de agradecer que demos determinados pasos en favor de los demás, aunque con ello busquemos, principalmente, nuestra propia satisfacción.

 

Sin embargo, vengo observando durante los últimos diez, o quince años – coincidiendo con el aumento de la renta “per cápita” - la extraordinario proliferación de adopciones venidas de los lugares más exóticos del planeta, lo que me ha obligado a replantearme seriamente los valores, aunque no perfectos si aceptables, de las reglas morales del “juego” de la adopción. Y he de confesarles que me encuentro realmente sorprendido por el cariz que comienzan a tomar cuestiones como esta en nuestra mal llamada sociedad del bienestar.

 

Resulta que durante toda nuestra vida, al menos con la que yo cuento, que no es poca, las actitudes, o los comportamientos de cada uno de nosotros se han regido por determinadas normas morales que, en la medida de lo posible, han contribuido a hacérnosla más llevadera, permitiéndonos saber en cada momento en “donde te encontrabas”.

 

Ahora, sin embargo, todo aquello en lo que hemos basado nuestra convivencia está dejado de tener valor, o más correctamente valores, apareciendo en su lugar una nueva religión que yo definiría como  “exhibicionista”. De modo que hemos conseguido que lo que parecía ser haya dejado de serlo, y aquello que nunca fue se ha convertido en dogma de fe. Para los que profesen, naturalmente, esa “nueva religión”.

 

Entre la variada gama de cuestiones afectadas por esta “religión” se destaca de manera extraordinaria la nueva manera de interpretar la homosexualidad, asunto de suma transcendencia en nuestra sociedad por el impacto que está provocando, y todo cuanto que concierne a sus “derechos y obligaciones”. Y, como no, el asunto que nos atañe en este artículo: la adopción. En el caso de la homosexualidad lo dejaremos para mejor ocasión, pues es merecedor, por si mismo, de un particular análisis de mayor envergadura que, sin duda, superará las posibilidades de esta pequeña columna.

 

La adopción, sin embargo, es uno de esos asuntos que me tiene desconcertado y no me permite, creo yo, ser plenamente objetivo, provocando grandes polémicas con mis habituales tertulianos, familiares y amigos. De modo especial la exhibición que de ella se hace. Uno, en su inocencia, que jamás se pierde del todo, está convencido, como antes decía, de que el acto de adoptar es, o debería ser, por encima de cualquier otra cosa, un acto de generosidad. Incluso, por qué con uno mismo. Es fácil que se te rompa el alma al ver las miles de imágenes que periódicamente desfilan ante nuestros ¿asombrados? ojos y en las que contemplamos a otras tantas criaturas, siempre de pocos años, con la profunda mirada que sólo puede emanar de un alma rota antes de haber llegado a tomar forma. Si, además, tienes hijos con los que compararlos, desearías que por una vez el “Altísimo”, si es que realmente es tan alto, te adjudicara una de esas lotos con las que poder atender las necesidades de todos ellos. Aunque, lamentablemente, la parte afectiva no pudiera ser compensada plenamente. Pero sería un primer paso.

 

Por eso me resulta muy difícil comprender como ante la solícita mirada, impresa en un anuncio, de un niño con la evidente carencia de la más elemental de las caricias, todo lo que inspira a una gran parte de las personas que se acercan a ellos con la intención de adoptar, admito que no todo el mundo así lo hace, sea la de exhibirlos como un trofeo personal, como un logro más en su ilimitada carrera de objetivos a conseguir: casa, coche, trabajo bien remunerado y… niño. Si este llega  por la vía natural, tanto mejor. Sino, siempre quedará el recurso de la adopción.

 

Seguramente se preguntarán el por qué de tan dura opinión y, lo más importante, en que la sustento. Pues bien, siendo plenamente consciente de las dificultades que supone el obtener el beneplácito de una adopción en España, y por lo que he podido comprobar en el resto de Europa, no acabo de ver la justificación, por fácil que resulte, de que uno termine paseando por los lugares en los que habitualmente desenvuelve su vida cogido de la mano de un niño tan distinto a nosotros que lejos de pasar desapercibido nos haga destacar fácilmente del resto del entorno. A menos, que es lo que me temo, que ese haya sido nuestro principal objetivo. Lo mismo que haríamos si se tratara del perro más exótico que hayamos podido conseguir.

 

Creo, firmemente, que si poseemos los medios y el deseo de ofrecer nuestro apoyo y cariño es tan profundo que llegamos a la decisión de adoptar, no es necesario viajar hasta la lejana China en busca de un “original” pequeño de ojos marcadamente rasgados; a lo más profundo del África negra en busca de un “delicioso bebé” de piel lo más oscura que encontremos y cabellos lo más rizados que sea posible, o a la Sudamérica más atrasada tratando de localizar el ejemplar de bebé indígena más original. Dejando al margen y para otra ocasión el análisis de los enormes inconvenientes que en el futuro presentará para estos pequeños, y para sus adoptadores, la adaptación al medio en el que han sido instalados por capricho y con calzador,  no tengo duda alguna de que hubiera sido mucho más fácil acercarse hasta los maltratados Balcanes, o a cualquiera de los países de nuestro entorno, Bulgaria, Rumania y otros, en donde el nivel de vida de sus habitantes se encuentra a años luz del nuestro y las posibilidades de localizar un pequeño y ayudarlo son múltiples. La propia Rusia es una posibilidad más razonable y, seguramente, más accesible.

 

Claro que, teniendo en cuenta las escasas diferencias étnicas y fisonómicas que nos distanciarían de esos pequeños, jamás conseguiríamos el efecto deseado: hacer ostentación de nuestra infinita generosidad y lucir al pequeño negro, indígena o chino, como quien luce el último modelo de bmw, o el gsm de última generación. Seguramente no nos compensaría el esfuerzo. Pero la verdad es que si nuestra necesidad de ser generosos fuera real y nuestros medios económicos los suficientes no tengo duda alguna de que, si quisiéramos, encontraríamos en nuestro entorno más cercano suficiente casos como para utilizar con maestría ambos patrimonios. Conozco más de un caso en los que el propio entorno familiar lo demandaba. Pero, se preguntarán, ¿para qué tamaño esfuerzo, si apenas nadie va a enterarse? Si es que alguien llega a notar la diferencia, claro. Pudiera ser, incluso que lo confundan con algún sobrino prestado desde la cercana La Mancha. ¡Si han de hacerse las cosas, háganse  bien, y que la diferencia sea la mayor posible!

 

Pero usted no puede entenderlo, señor escritor. ¿Acaso hay algo más excitante y “molón” que, siendo nórdico puro, de piel extremadamente blanca, ojos azul celeste y cabellos albinos, poder pasearse por cualquiera de los aeropuertos de Europa cogido de la mano de un pequeño de piel tan oscura como el chocolate puro sin leche y pelo endiabladamente ensortijado, llamándote  “papá”, o “mamá”, a cada dos pasos? Yo, como sorprendido observador, he vivido en múltiples ocasiones esa experiencia, El patético efecto que produce es el mismo que obtendríamos viendo el más original y provocador anuncio de Benetton.    

 

 

Felipe Cantos, escritor

 

Categorías
Canales