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Victoria no lee nada de nada

Rafael Marín

Actualizada: 13/08/2005

Dice la niña que nunca, que no tiene tiempo, ella.

Y lo peor es que se ufana. Pija y tonta, y ni siquiera bella, una de esas personas que uno mira y remira y no le encuentra atractivo alguno, y además le resulta inexplicable que esté tan absolutamente encantada de haberse conocido a sí misma, libras esterlinas aparte, vida muelle a un lado. Me pregunto qué verán los que ven algo en ella. Ha dicho que nunca, pero que nunca en la vida, ha leído un libro. Y lo dice así, con la misma falta de rubor con que vende su vida a parcelas o desprecia el olor de ajo que tanto le molesta en su mansión exclusiva o acepta llevar la cornamenta bien puesta porque a fin de cuentas hay que ser solidaria en el mundo de las putas. La Posh Spice, dicen que la llamaban cuando meneaba el culo y se desgañitaba en los escenarios. La gilipollas. Nunca ha leído un libro y se alegra, y lo dice así, como quien suelta una gracia, como para que los demás aprendan. Y se habrá quedado tan tranquila, ella que no tiene tiempo, imagino que entre sábanas de raso negro y tanguitas de leopardo y líneas morse de nieve blanca, atenta al teléfono de mamuchi o de cualquier otra de sus amigas descerebradas. O de sus amigos, claro, que seguro que a la muñeca hinchada también le pica lo suyo la entrepierna. No lee libros, la amiga Victoria. Vaya por Dios, qué novedad, ni que tuviera que anunciarlo a los cuatro vientos, como si no se le notara en la carita. Tamaña estupidez viene pareja, claro, a su desatino. Ella cree que es importante porque respira, porque de vez en cuando hace morritos y se corre en la cama con su figurín pelotero. Criaturita. No sabe que en el castigo lleva ya su penitencia, y que para disfrutar de un libro antes hay que estar viva.