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Viernes 03 del Julio de 2009 — Actualizado a las: 17:36 PM
Martin Pawley
Actualizada: 16/10/2005
Sin la más mínima duda es el dramaturgo británico Harold Pinter, entre todos los galardoados con el Nobel de Literatura, el que tiene una relación más estrecha y persistente con el mundo del cine.
Las primeras notas de prensa tras el anuncio del premio citaban repetidamente su guión para el film de Karol Reisz The French Lieutenant's Woman, por el cual recibió su primera nominación al Oscar, hecho que se repetiría dos años después con Betrayal, sin éxito para él en ambos casos. Algo más de tiempo tardaron algunos en recordar que era Harold Pinter el guionista de varios de los más celebrados trabajos de Joseph Losey en su exilio británico, como The Servant, Accident y The Go-Between, que alguna televisión pública debería rescatar urgentemente. Pinter incluso llegó a dirigir una película, Butley, y apareció en varias como actor, la última The Tailor of Panama, y un poco antes en la excelente adaptación que hizo Mike Nichols para la HBO de la obra Wit, en la que hacía de padre de la protagonista, Emma Thompson.
Pinter no es, ni mucho menos, un caso único. Consultando una base de datos como IMDB uno acaba descubriendo nombres tan inesperados como los de Elfriede Jelinek, Pearl S. Buck o Gunter Grass, que al parecer echó una mano con los diálogos de Die Blechtrommel (El tambor de hojalata). No tan ignorada es la actividad como guionistas de Gabriel García Márquez y Naguib Mahfouz, aunque sus películas resulten en la inmensa mayoría de los casos completamente desconocidas. El italiano Dario Fo hizo también cine y televisión, y además a principios de noviembre podremos verlo en el estupendo documental de Sabina Guzzanti Viva Zapatero!. Otro rebelde del teatro, Samuel Beckett, está detrás de Film, una de las últimas apariciones en la pantalla de Buster Keaton. Al novelista americano Saul Bellow lo vimos en una de las obras mayores de Woody Allen, Zelig, y Camilo José Cela hizo lo propio en una película infinitamente menos valiosa, La Colmena.
Quizá algunos de ustedes sepan que George Bernard Shaw ganó por Pygmalion un Oscar de Hollywood trece años después de obtener el Nobel, y que el escritor irlandés consideró eso casi un insulto. No ganó el Oscar, y no importa demasiado porque con seguridad no iría a recogerlo, Jean Paul Sartre, nominado en 1957 por Les Orgueilleux. Tampoco tuvo esa suerte John Steinbeck, a pesar de que estuvo propuesto a los premios de la academia en tres ocasiones, por los argumentos de Lifeboat, de Alfred Hitchcock y A Medal for Benny, y después por el guión de Viva Zapata, de Elia Kazan, con quien también colaboró en East of Eden aunque no aparezca acreditado. Otro de los guiones de Steinbeck es el de La Perla, que llevó al cine el injustamente olvidado Emilio "Indio" Fernández.
El más grande de todos los escritores-guionistas es, con todo, William Faulkner. Participó de forma más o menos anónima en tres grandes películas de John Ford de los años treinta, Four men and a prayer, Submarine patrol y Drums along the Mohawk, y más adelante en un famoso melodrama de Michael Curtiz, Mildred Pierce, y en un título mítico de Jean Renoir, The Southerner, pero lo verdaderamente destacable son los guiones que escribió para Howard Hawks, uno de ellos después de haber recibido el Premio Nobel: Land of the Pharaohs, film algo delirante ambientado en el Antiguo Egipto protagonizado por Jack Hawkins y una jovencita Joan Collins, mucho antes de convertirse en la mala de Dinastía. Diez años antes, To have and have not nos mostraba a Lauren Bacall enseñándole a silbar a Humphrey Bogart, pero la mejor de todas es The big sleep, versión de la novela homónima de Raymond Chandler que acabó siendo una de las piezas más perfectas del género negro. Poco importa que no entendamos bien de qué trata exactamente: ni sequera lo entendían sus autores. Cuentan que a Howard Hawks, no sabiendo quien mataba a uno de los personajes de la película, se le ocurrió preguntárselo a Faulkner en calidad de guionista. Cuando este dijo que él tampoco lo sabía decidieron consultarlo con el propio Raymond Chandler, quien reconoció no tener la más mínima idea respondiendo con una frase cliché: The butler did it. Fue el mayordomo.