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Cuando una casa se va, algo se muere en el alma
Cuando una casa se va, algo se muere en el alma
carmen marina Vidal Valiña
Actualizada: 09/06/2005
Rafael Dieste, escritor que recorre con su obra todo el XX, aconsejaba en un artículo de comienzos de siglo a los gallegos que decoraran su casa interiormente con primor, como por aquel entonces, según sus propias palabras, hacían ya los ingleses.
Adelantándose varias décadas a las revistas de interiorismo que hoy pueblan los quioscos, afirmaba que un hogar confortable conseguía también que la vida en él fuera más cómoda y agradable. Si fuera optimista, argumentaría que el feísmo urbanístico de las ciudades gallegas surgió años después como un resultado mal calculado del consejo de Dieste: ya que preparamos tan bien nuestras casas interiormente, al final acabamos por descuidar el exterior. Siento decir que soy pesimista (más que pesimista, realista), y que creo que las uralitas colocadas por encima de los tejados que antes cubrían las tejas y las puertas de aluminio encorsetadas entre las casitas de piedra tienen otros orígenes. Uno de ellos, la falta de respeto hacia lo propio que aquí parece un mal endémico. ¿Qué importa que antes hubiera una puerta de buen roble guardándonos la entrada? ¿No es más barata una de aluminio? ¡Pues venga, ponle esa!
El odio por lo ajeno llega al paroxismo cuando el propietario de la casa en cuestión ha llegado de la emigración, máxime si se trata de la emigración suiza. Además del coche con la banderita roja de cruz blanca y el inevitable desprecio hacia lo propio que al parecer nace más allá de los Alpes, el kit del retornado sin memoria se compone de un chalet de pizarra en donde nunca nieva o de una casita de madera en un pueblo donde llueve tanto que a los pocos meses el agua chorrea por detrás del hórreo en miniatura construido al lado de la casa alpina.
Cambiar los hábitos y el carácter de un pueblo lleva su tiempo. Lo que debería preocupar no es tanto eso como el hecho de que esa inmovilidad en el pensamiento caracterice también a los políticos que deberían ocuparse del asunto.
Bruselas está muy lejos como para que le importe que un vecino de Brión haya tirado parte de su hogar de cantería para sustituirlo por un garaje de cemento donde los niños ya no quieren jugar. Supongo que los del feísmo urbanístico no es exclusivo de Galicia, pero aquí resulta más lacerante porque sólo encuentra por respuesta la pasividad.
El feísmo urbanístico de Benidorm puede resultar desagradable a la vista; el de mi tierra te recuerda hasta qué punto se nos tiene olvidados. Una casa de más alturas a las permitidas es en Benidorm un atentado contra el buen gusto; una anciana en Galicia a la que derruyen la suya de piedra para construir una nueva de madera ve caer con cada bloque una parte de sí misma.
La caída de una puerta de roble, la colocación de una placa de uralita y de un marco de aluminio son, cada una de ellas, una batalla perdida por el recuerdo. En una sociedad para quien la tierra propia sigue siendo tan importante, no se reflexiona sin embargo acerca de que la destrucción de sus hogares, de sus "monumentos cotidianos y profanos", hace que esa tierra sea cada vez menos suya.
Bruselas está muy lejos como para preocuparse por el vecino de Brión y su casa, pero no debería estarlo tanto cuando lo que se cae con ella son los trozos de un pueblo que aunque parezca un mal chiste, forma parte de la Europa rica del siglo XXI. Aunque ese pueblo esté un una esquina maldita a la que se arrincona. Aunque ese pueblo parezca no tener derechos. Aunque ese pueblo se llame Galicia.
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