El nuevo reto europeo: la inmigración

May 23, 2005 | Noticias


El nuevo reto europeo: la inmigración

Anna Mateu Garcia

Actualizada: 23/05/2005

Vienen buscando una vida mejor. Aceptan los trabajos más duros y menos solicitados de nuestra sociedad. Muchos tienen que enfrentarse al racismo y la violencia. Más de tres millones de extranjeros viven en España, de ellos entre el 20 y el 30% son ilegales. Esta nueva situación requiere nuevas medidas para regular este fenómeno migratorio, reciente en España pero no tanto para el resto de países europeos.

Los países de la Unión Europea representan para muchos inmigrantes el sueño de una vida mejor, un trabajo y un lugar donde vivir en paz. El fenómeno de la inmigración en Europa es uno de los temas que más preocupan a los políticos. Cada año llega más de un millón de inmigrantes a Europa. Sin embargo, y a pesar de tratarse de un hecho generalizado, la Unión Europea no ha tomado medidas comunes al respecto, y así, cada país es libre respecto a su legislación en extranjería.

En España, el gobierno anunció en agosto de 2004 un plan de integración a través de la regularización de los inmigrantes ilegales. Para ello, el pasado 7 de febrero se abrió el plazo para que los empresarios puedan regularizar a sus trabajadores ilegales, sin que ellos sea motivo de sanción. El periodo estará abierto hasta el 7 de mayo de 2005, y se pretende así legalizar la situación de los más de un millón de trabajadores que se calcula se encuentran en situación ilegal. Una vez pasado este periodo de regularización, el gobierno ha anunciado un endurecimiento de las sanciones a los empresarios que aún tengan trabajadores ilegales.

En España existen en la actualidad casi dos millones de inmigrantes, sin contar aquellos que se encuentran en situación ilegal. La mayoría de ellos procede de Ibero América, seguidos de los procedentes de África, aunque en los últimos años el número de inmigrantes de Europa del Este ha ido aumentando significativamente. Por nacionalidades, los más numerosos son los ecuatorianos y los marroquíes.

Una población envejecida

Entre el año 2000 y 2050, la población de la Unión Europea disminuirá en un 12% (44 millones de personas), según señala Naciones Unidas. En algunos países, el declive llegará hasta el 28%, como es el caso de Italia.

Frente a esta drástica disminución de la población, la inmigración se presenta como la única solución a la demanda europea de mano de obra, no sólo de baja calificación, sino también especializada en determinados sectores como el relacionado con las nuevas tecnologías de la información. Alemania, Gran Bretaña o España acogen cada año a miles de trabajadores para trabajar como temporeros en el campo. Trabajos a los que los ciudadanos europeos  renuncian, y que para los inmigrantes significan la posibilidad de salir del espiral de pobreza y miseria en la que se ven envueltos.

La cuestión no es para tomársela a la ligera. La preocupación entre los economistas aumenta. Se calcula que en el año 2050 habrá en España 100 trabajadores por cada 93 desocupados (jubilados, estudiantes, amas de casa, etc.). Sin inmigración la proporción sería del 100 por 100. El envejecimiento de Europa plantea grandes interrogantes, como si se podrá mantener el actual sistema de seguridad social teniendo en cuenta la disminución de población activa que se prevé.

La violencia hacia el inmigrante

Uno de los fenómenos provocados por la llegada de inmigrantes es el racismo y la violencia hacia los inmigrantes. Es cierto que en España, al tratarse de un fenómeno reciente, la presencia de inmigrantes no es muy marcada, y en consecuencia no hay grandes movimientos de repulsa hacia los extranjeros, pero ya han empezado a darse algunos casos en las zonas más afectadas por la inmigración.

Es el caso de El Ejido, pueblo almeriense tristemente famoso por la explosión de violencia hacia la población inmigrante, a raíz del asesinato de una joven a manos de un magrebí con las facultades mentales trastornadas. El pueblo volcó su ira hacia la comunidad de inmigrantes llegados para trabajar en el campo. El caso levantó una gran polémica a nivel nacional sobre la inmigración y el racismo en España, pero, como sucede siempre con los sucesos mediáticos, el hecho se fue olvidando y el debate fue enterrado.

No han sido los únicos hechos de esta índole en España. En Valencia, el barrio de Ruzafa ha sufrido también las consecuencias de la violencia y la xenofobia. Este barrio, conocido por ser uno de los que albergan mayor número de inmigrantes en la ciudad, ha sufrido en varias ocasiones ataques xenófobos por grupos de neofascistas.

Un rechazo a los inmigrantes que también se observa en el resto de Europa. Como ejemplo, el “susto” protagonizado por la ascensión de los votantes de Jean-Marie Le Pen, político conocido por sus ideas xenófobas. Otros países como Alemania, Austria o Italia también están viendo crecer de forma alarmante los partidos de extrema derecha. En España, si bien este fenómeno aún no está extendido, nada hace pensar que no se pueda seguir esta tendencia en los próximos años.

¿Quién no ha oído el típico: Yo no soy racista, pero…? Según los expertos, el cambio de mentalidad es difícil. Hay que pasar de un país que exportaba trabajadores a uno que los recibe en gran medida. Ideas como que los inmigrantes “quitan” el trabajo a los españoles o que son todos unos delincuentes están extendidas entre amplios sectores de población.

El reto de la integración

Además del problema social al que se enfrentan los estados europeos, el fenómeno de la inmigración también implica un componente cultural. Los inmigrantes traen sus costumbres, sus tradiciones, su lengua o sus creencias religiosas.

Un claro ejemplo lo podemos encontrar en la polémica levantada en Francia debido a la prohibición a las niñas musulmanas de llevar el velo en la escuela. ¿Se les está imponiendo así la cultura occidental? ¿Es necesario renunciar a las propias tradiciones o culturas para integrarse en el país de acogida? El debate es, sin duda, delicado.

Según Alban D’Entremont, profesor de geografía de la Universidad de Navarra, “la asimilación es beneficiosa, a la larga, para el país de acogida”, pero el precio a pagar es muy alto para los inmigrantes, ya que se ven totalmente desarraigados de su cultura de origen.

Lo opuesto a la asimilación sería la inserción. En este caso el inmigrantes no abandona ninguno de los modos de su país de origen ni ningún rasgo de su identidad. Este fenómeno daría lugar a la creación de ghetos.

Así pues, D’Entremont opina que la mejor vía es la integración. “Los inmigrantes siguen manteniendo muchos rasgos de su propia identidad, a la vez que van siendo integrados más plenamente en la comunidad”.

Aún así, en ninguno de los tres casos el inmigrante pasa a formar parte plenamente del país de acogida, sobretodo en el plano psicológico. Ejemplos de esto los podemos observar en el caso de los turcos en Alemania o los distintos grupos islámicos en Francia y otros países de la Unión Europea.

Un problema común a toda Europea, que debe reaccionar y tomar medidas al respecto. La inmigración es necesaria y positiva económicamente en el contexto actual de progresivo envejecimiento de la población. ¿Cómo evitar que la progresiva llegada de inmigrantes provoque altercados racistas? ¿Cómo integrar a los inmigrantes en nuestra sociedad? Sin duda, este es uno de los retos más importantes a los que se enfrenta la Unión Europea en los próximos años.





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