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Viernes 16 del Mayo de 2008 — Actualizado a las: 19:39 PM
Sara Aguareles.- ¿Le queda alguna montaña por escalar?
J.A. Pujante.- Si nos ponemos místicos, diría que me quedan muchas montañas interiores que escalar… Uno tiene que ir subiendo cimas todos los días, y conseguir fitas importantes.
S.A.-¿Y de las montañas reales?
J.A. Pujante.- Sobre las grandes montañas diría que ya he hecho todo lo que quería. Pero estas grandes fitas de ámbito interior todavía quedan algunas por delante…
S.A.-Esa espiritualidad se plasma en sus libros, pero estoy segura de que ni siquiera así se puede transmitir lo que es estar ahí arriba…
J.A. Pujante.- Estoy de acuerdo, porque las cosas hasta que no las vive uno mismo no puede captar las sensaciones auténticas. En este caso estamos hablando de vivir experiencias casi sobrenaturales, historias de superación personal, el sueño de llegar a la cima… por mucho que busque palabras muy expresivas seguro que no consigo comunicar lo que he sentido.
S.A.-¿Qué impresiona más en el proceso de ascensión?
J.A. Pujante.- Es increíble como en esos momentos estás captando multitud de cosas. Esa sintonía de los colores, los olores, los paisajes que se plasman en la retina y que parecen siempre únicos. Aquel color del cielo en una montaña que puede estar en el Tibet, o en Papúa Nueva Guinea rodeada de tribus caníbales, o en cualquier otro lugar. Estos momentos irrepetibles uno intenta disfrutarlos al máximo con esa sensación de libertad tan intensa que es imposible reproducir en la ciudad.
S.A.-Ni que lo diga…
J.A. Pujante.- En estos paisajes a veces tienes la sensación de estar en el día de la creación a media tarde, por aquella luz que le da al paisaje un aspecto de planeta recién hecho. Recuerdo momentos en que parecía que el mundo se había creado ese mismo día. Allí no hay contaminación, ni ruido, sólo la naturaleza y sus manifestaciones. Es realmente muy especial, y es lo que intento explicar en mis libros.
S.A.-¿Qué engancha más, todas estas sensaciones o la adrenalina de llegar a la cima?
J.A. Pujante.- Ja ja, es una buena pregunta porque seguramente es una fusión de lo que sientes luchando en el trayecto de ascensión, sumado con la descarga de llegar arriba… las travesías llevan muchos días, incluso semanas, y el momento de pisar la cumbre largamente anhelada hace que la sensación sea mucho más intensa, que se multiplique exponencialmente. Yo creo que la ruta y la llegada a la cima son factores que se podrían sumar y dividir para conseguir una media realmente espectacular.
S.A.-Y según ese cálculo, ¿que montañas consiguen el mejor promedio?
J.A. Pujante.- Las sensaciones más intensas se las lleva sin duda el Everest. Es la montaña que concentra más sueños infantiles, más deseo, más veces en que te has imaginado subiendo a su cima. El Everest tiene esa aureola mística que hace que cuando llegas a sus pies, el pálpito que provoca sea distinto a cualquier otra. Y el día en que consigues escalarla, es sin duda el número 1 del ránking.
S.A.-¿Y después?
J.A. Pujante.- Luego estarían montañas como el Monte Vinson, la más alta de la Antártida, muy cerca del polo sur. Es una montaña muy especial, en un continente donde no hay ningún tipo de vida. Caminar por allí y escalar esas montañas es como encontrarse en otro planeta… La tercera y cuarta quizás serían el McKinley, en Alaska, y la Pirámide de Carstenz en Papúa Nueva Guinea, rodeada de tribus caníbales, una aventura excepcional.
S.A.-Seguro que en su pasión por el Everest tiene algo que ver su amistad con Sir Edmund Hillary, el primer hombre que alcanzó la cima, en 1953. ¿Qué se aprende de una amistad como esta?
J.A. Pujante.- A medida que lo fui conociendo mejor, me impresionó mucho más su humanidad que sus logros. Era una persona dedicada a ayudar a los pueblos más necesidades del Himalaya. Además de ser un gran escalador y una persona muy volcada en el mundo de la descubierta geográfica, también era un hombre admirable… yo aprendí de él a querer la montaña, a respetarla, pero sobretodo aprendí esta vertiente filantrópica que yo también intento desempeñar y que como médico llevo muy adentro.
S.A.-Sin duda en los pueblos del Himalaya deben estar agradecidos de lo que hace allí todavía hoy la Fundación que lleva su nombre…
J.A. Pujante.- Esta fundación ha permitido construir puentes, hospitales, escuelas, y canalizaciones de agua potable. Durante casi cincuenta años la Fundación ha ayudado al pueblo Sherpa a conseguir las infraestructuras básicas para asegurar el desarrollo humano, y yo he querido seguir los pasos de mi estimado amigo mucho más allá del alpinismo.
S.A.-Para dejar no tan solo huellas en la nieve, sino también en las personas…
J.A. Pujante.- Exacto, es tan importante dejar huellas en las cimas como dejarlas en los valles, allí donde vive la gente. Es un símil muy bonito.
S.A.-Usted ha visitado muchos lugares del mundo, y por ende muchas culturas. ¿Los humanos somos realmente distintos a lo largo del planeta?
J.A. Pujante.- Esa ha sido siempre una de mis grandes pasiones. De hecho, las montañas, en cierta manera, son excusas para conocer nuevas culturas, civilizaciones y pueblos lejanos. El ser humano siempre me ha interesado desde un punto de vista antropológico, y en mis viajes me gusta entrar en contacto con otras sociedades y maneras de vivir, tan diferentes.
S.A.-¿Y en qué nos parecemos?
J.A. Pujante.- Desde luego no conseguimos la comida de la misma manera: unos en el supermercado, y otros en los árboles. Pero en el momento de buscar la estimación familiar, el calor humano, aquí es donde nos parecemos, aunque hay algunos valores que se muestran de manera distinta, como en la confianza a los extraños o el respeto a los mayores. Creo que los valores elementales los están conservando mejor las tribus más aisladas, mientras que la sociedad a nosotros nos está aportando algunos aspectos más deshumanizados, por decirlo de una manera gráfica.