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Viernes 16 del Mayo de 2008 — Actualizado a las: 19:39 PM
Rosa Cullell trabaja para que el Liceu pierda la etiqueta elitista que le ha impuesto el paso de dos siglos de tradición burguesa. En este nuevo periodo, la música quiere tomar todo el protagonismo por encima de cualquier otra consideración social.
¿Cómo se presenta la temporada?
Comenzaremos en breve con el montaje de “El Castillo de Barba Azul / Diario de un desaparecido”, que es una producción de La Fura dels Baus.
¿La Fura dels Baus en el Liceu?
Sí, la Fura ha hecho muchas cosas de ópera! Es una producción estéticamente maravillosa, con escenografía del escultor Jaume Plensa. La temporada pasada hicieron una obra de Wagner, en Valencia, y con nosotros tenían el proyecto que ahora estrenamos, y que me parece muy interesante y escénicamente fantástico.
Usted proviene del mundo de la gestión en empresas como “la Caixa” o Ediciones 62. ¿Entendía de ópera cuando accedió a la dirección del Liceu?
Una cosa es que te guste, y la otra es saber y entender de ópera. Yo no soy ninguna experta pero siempre me ha gustado la ópera. De hecho, con siete años ya venía al Liceu con mis abuelos…
¿Qué se necesita para dirigir un teatro como este?
Yo creo que para dirigir el Liceu, la ópera te tiene que gustar y debes tener unos mínimos conocimientos. Yo soy la directora general, no necesito ser una experta en orquestas, óperas, etc… Lo importante es que entiendas todo lo que sucede aquí dentro.
Además de un teatro, el Liceu es un símbolo importante para mucha gente, hasta el punto que su reconstrucción fue financiada por bolsillos privados en buena medida…
Creo que se convierten en símbolos aquellas instituciones, empresas, o personas de las que la gente se siente orgullosa. En mi opinión, mucha gente no se dio cuenta de lo orgullosa que se sentía del Liceu hasta que se quemó. Cuando sucedió el incendio, el Liceu no estaba en su época más gloriosa.
¿Ah no?
No; esta ciudad y este país había hecho poco por mejorar el teatro que tenía, y el teatro se encontraba en unas condiciones bastante precarias. Lo que habían hecho nuestros bisabuelos y la burguesía del siglo XIX no se estaba prolongando en el siglo XX. El incendio llamó la atención sobre esto y la gente se volcó creyendo que una ciudad como Barcelona necesita tener instituciones excelentes, y que el Liceu lo había sido y lo podía volver a ser. Yo creo que lo hemos conseguido.
¿Qué ha cambiado en su simbología a partir de la reconstrucción?
El Liceu de antes de la reconstrucción había dejado bastante de ser un símbolo, en cambio ahora lo ha vuelto a ser. La gente se ha acercado al teatro, incluso gente que antes no había venido nunca. En estos momentos estamos en un nivel excelente en temas artísticos, con una proyección internacional muy fuerte. La reconstrucción acabó hace ocho años, y la gente sigue viniendo porque es un teatro excelente, y donde sobre el escenario hay un espectáculo único que no podrán ver en muchos otros sitios.
¿Dónde acaba el teatro y donde empieza el club social?
A ver, que sea un punto de encuentro no significa que sea elitista. No está mal que el Liceu tenga un rol social, donde la gente se encuentra para charlar y escuchar música. Está bien que el Liceu tenga este carácter social.
¿Adiós al Liceo elitista de antaño?
No podemos ser elitistas. El Liceu no es un templo, y no es de nadie más que de la ciudadanía finalmente. De los que pagan sus impuestos, de los que aman la música… creo que todo el que tenga un poco de sensibilidad puede entender lo que hacemos aquí.
¿Qué le diría a los que creen que la ópera es “difícil”?
La gente, cuando viene, se da cuenta de que es mucho más fácil de lo que pensaban. La ópera no es críptica. Yo a veces les digo a los jóvenes: si vais al festival de música avanzada Sónar, y entendéis esa música, que es más difícil, esto lo tenéis que entender. Los fundamentos son los mismo: son notas, ritmos, tonalidades. Si eres capaz de escuchar y emocionarte te gustará.
¿La gente tiene “miedo” a ir al Liceu?
Es curioso porque hace ya ocho años que reabrimos, y actualmente hay muchos turnos “populares”, pero es evidente que la primera gente que se acercó era gente que cree que entenderá el espectáculo. Lo que pasa es que en estos momentos esta gente ya es abonada, tenemos 24.000 abonados. Ahora el reto es que venga gente que quizás no quiere abonarse, pero que lo quiere “probar”. Que vengan a ver la escena, a visitar el teatro, a oír cabaret en las sesiones golfas, a ver espectáculos infantiles, etc… hay que sacar el Liceu fuera de nuestras paredes y llevar producciones nuestras a otros teatros.