Las decisiones son aquellas situaciones en las que una persona tiene que escoger una opción entre dos o más posibilidades.
En una organización empresarial, las personas que están legitimadas para tomar decisiones, deberán tener en cuenta que éstas deben ir orientadas al bien común de la organización intentando ponderar la eficacia y la equidad.
Hemos de ser conscientes de que cada decisión conllevará una consecuencia y un resultado. Esa decisión afectará a algo o alguien. Por lo tanto las decisiones deben tomarse teniendo en cuenta el resultado final que queremos lograr.
Un elemento inherente en la toma de decisiones es la responsabilidad. Cada decisión tiene un resultado determinado. Las personas que tienen la potestad para tomar decisiones han de ser conscientes del grado de responsabilidad inherente a la decisión que van a adoptar, y por tanto, deberán asumir siempre un cierto grado de riesgo y de incertidumbre en la decisión que adopten.
De lo que se trata, por lo tanto, es de reducir al mínimo ese riego y esa incertidumbre, que siempre acompaña, a priori, a una toma de decisión. El problema reside en cómo reducir ese riesgo…
La certeza absoluta, antes de tomar una decisión, por regla general, no puede tenerse. Sin embargo, podemos adoptar una postura u otra a la hora de decidir cómo afrontar una determinada situación. Las decisiones tomadas con el cerebro son aquéllas que se meditan, se razonan y se evalúan fríamente. Se valoran los pros, los contras. Se huye de personalismos y se hace acopio de la máxima información posible entorno a la situación que se nos plantea.
De esta manera dispondremos del mayor número de elementos posibles de enjuiciamiento. Cuanto mayor sea la información de la que disponemos menores serán las posibilidades de tomar la decisión equivocada, y consiguientemente, mayor será la probabilidad de acertar.
La experiencia puede ser un gran elemento de ayuda: no es lo mismo una persona con una experiencia de 15 años, que otra que acredite sólo 5, aunque no es un factor determinante. Por eso, los cargos máximos de responsabilidad , y que son también aquellos donde han de adoptarse las decisiones de mayor trascedencia, suelen atribuirse a personas que acrediten no sólo capacidad sino también experiencia.
Las decisiones tomadas con el corazón podríamos decir que son aquellas que son subjetivas e intuitivas. Aquéllas que se toman sin datos objetivos.
Guiarnos por el corazón o por la intuición, a mi juicio, no debe ser un criterio determinante para tomar una decisión. Sin embargo, dicho criterio puede ayudar: determinadas técnicas, como la del brain storming a través de la cual se sigue un proceso intuitivo y creativo de generación de ideas, puede guiarnos a algún elemento que, unido al resto de los que ya disponemos, pueda ser de gran ayuda.
Parece que el sentido común nos aconseja seguir la senda del juicio objetivo y no la del corazón, salvo que adoremos el riesgo y carezcamos por completo del sentido de la responsabilidad.
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