El directivo actual, centra su máxima atención en dos aspectos fundamentales: cumplir con los resultados marcados por el accionariado, e intentar que no se deteriore el nivel de confianza con su equipo de trabajo en el que apoya su día a día. Ambos extremos, son lo suficientemente importantes para que acaparen por completo la atención de su espacio laboral tanto dentro como fuera de la empresa.
El grado de infidelidad laboral aumenta lamentablemente con el paso del tiempo, lo que en muchos casos, se traduce en fugas de información, manipulaciones contables que degeneran en apropiaciones indebidas, etc.
En base a ésta problemática, no queda excesivo tiempo para valoraciones sobre capacidad o eficacia, y se recurre o acude al mítico, “Virgencita, que me quede como estoy”. Casi de forma sistemática, se dan por válidas las pruebas de evaluación a las que se somete al candidato y no es practica habitual en éste país, el realizar barómetros de capacidad a la plantilla ya incorporada.
Recuerdo el encargo que como Detective me hizo un día un ciudadano americano que estableció un negocio en Catalunya. Me encargó la búsqueda para su posterior contratación de dos personas; Un Director de Producción y un Director Financiero. Por lo que respecta al primero, interesa además de su experiencia, su trayectoria profesional, incidencias durante la misma y algunos requisitos más. En cuánto al segundo candidato, nos interesa además de determinada titulación académica, "que ya me consta, añadió, que no es nada fácil de encontrar, lo que justifica que haya contratado sus servicios", dijo.
Creo que actualmente se valora más la fidelidad, la dedicación y la titulación académica, que la capacidad, lo que implica el no prestar excesiva atención a la evaluación del potencial laboral existente. Pero el parámetro más preciado hoy día, el más buscado y codiciado, es el pedigrí de NORMALIDAD. A los trabajadores "la capacidad" se les presupone, igual que "el valor" en el ejército.
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