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Mujer y profesión - Noticias.com
Para hablar de la mujer profesional en el sentido que hoy se admite en las sociedades desarrolladas hay que remontarse al balbuceo que de este concepto se produce hace no más de medio de siglo.
Fijando referencias, datos de la OMT (Organización Mundial del Trabajo) reflejan que en 1994, un 45% de las mujeres, dentro del segmento entre los 15 y 64 años de edad, eran activas económicamente.
En los países industrializados y dentro de las empresas manufactureras son mejor acogidas las mujeres por su mayor habilidad manual junto con su adaptabilidad a las jornadas a tiempo parcial. Factores como un menor coste económico y una mayor flexibilidad que, en el caso del hombre, fuerzan este impulso inicial en su integración y contratación.
Además no hay que olvidar la ausencia del marco legal adecuado que tenía una incidencia notable en el trabajo domiciliario que en su momento abundaba.
En el Siglo XXI existen países que consideran a la mujer no apta para inclusión en el mundo laboral y junto con los condicionantes inducidos por la globalización, afectan a la mujer negativamente, retrasando, incluso hoy, su capacidad de inserción en el mundo laboral. Si a todo esto añadimos los prejuicios culturales, más importantes en los países subdesarrollados, se explica claramente su posición actual y la medida del desfase respecto al hombre en los aspectos laborales y profesionales.
Y en situaciones en las que la mujer no dispone de la calificación profesional adecuada, los argumentos anteriores se evidencien con mayor contundencia.
Desde luego, no hay que reflexionar para descubrir que la descripción del panorama global de la mujer, ante esta situación, no hace sino enfatizar que está dependiendo de factor/factores del entorno económico y que el aspecto reivindicativo y sus consecuencias mediáticas son, cuando menos, más plásticos que determinantes.
La responsabilidad de los medios ante esta situación pasa por difundir la necesidad de combatir las desigualdades de género que los gobernantes recogen o se ven obligados a ello y materializar en leyes que oficializan la igualdad de oportunidades, al menos administrativamente.
“La responsabilidad de los medios pasa por difundir la necesidad de combatir las desigualdades de género”
Las mujeres del primer mundo, en su desarrollo laboral y profesional, conviven con las situaciones y limitaciones anteriormente reseñadas y con el aliciente de que, el evidente recorrido, se hace más corto y breve, para alcanzar posiciones similares a las de sus “homólogos”, en capacitación, funciones a desempeñar, compensación y reconocimiento. Quizás son estas mujeres, las del mundo más favorecido, las protagonistas de los estudios de cambio, calificación, proyección profesional respecto de su referente de género. Los otros mundos, los que poseen menor dígito en el ranking, se nutren hoy de la expectativa positiva del desarrollo de las primeras, en este pulso profesional y de su posible incidencia mediática.
Los países subdesarrollados presentan unas características dilatadamente opuestas y marcadamente desfavorables en lo que a las mujeres se refiere, ya que, el entorno cultural y socioeconómico motiva que el acceso al marco laboral y la calificación profesional no sean un logro sino una verdadera entelequia.
En el entorno más desfavorable preside la impaciencia para que, los ámbitos económico y cultural, abandonen la posición de reposo en la que se encuentran, en la mayoría de estos países.
Pero esta resistencia al reconocimiento profesional de la mujer hace que en este mundo privilegiado no ocupen, fundamentalmente, más que trabajos en servicios, ventas, etc., alejadas de los puestos directivos y de la decisión en general.
Al margen de las consideraciones anteriores, las mujeres continúan estando sometidas a obligaciones injustificadas:
- Las mujeres en general realizan un doble trabajo, el del hogar y el profesional.
- Ante empleos similares a los del hombre no son valoradas, ni profesional ni retributivamente, como ellos.
Aunque reconocida la posibilidad de acceder en igualdad en formación, estudios y profesiones, eligen disciplinas tradicionalmente femeninas en lugar de situarse en otras de carácter tecnológico y científico. La decisión les corresponde, aunque se minimice en parte, por la tradición de género que hay en estas disciplinas.
“Los países subdesarrollados se nutren de la expectativa positiva del desarrollo de las mujeres del primer mundo”
Por otra parte desde otro segmento femenino más abundante, desfavorecido por su limitada capacidad de elección, su vocación laboral viene restringida por su estatus de partida: toda su ocupación son tareas del hogar, no haberse incorporado por primera vez a un puesto de trabajo, su pretensión es integrarse en profesiones características y no cualificadas, pero realizadas hasta ahora por el otro sexo. Los sectores más predispuestos a facilitarles este paso son preferentemente: construcción, conductoras de transportes públicos, responsables de almacenes de distribución… Incluso con todas estas limitaciones, son excepciones en la mayoría de ocasiones.
El desarrollo sobre mujer y profesión no deja de ser una crónica de un hecho constatable, argumentado por hábitos, vivencias, culturas y dominación, en el momento de asignar los roles sociales. La clave es trasladar este desfase y enrasar los puntos de partida de las posiciones vitales de todo ser humano, aunque esta migración es demasiado lenta.
Es deseable que los factores determinantes en nuestros días, tales como la investigación, las nuevas tecnologías y la comunicación, aceleren el proceso de integración en un único mundo laboral agenérico, que parece evidente en el segmento de las mujeres profesionalmente más cualificadas.
Este factor debe ser, a la vez, el detonante de la reivindicada imagen simétrica de género, en cuanto a calificaciones y número de profesionales estén presentes socialmente en el ámbito laboral.
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