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Viernes 16 del Mayo de 2008 — Actualizado a las: 19:39 PM
Un día feliz en Roma empieza inevitablemente frente a una taza de espumoso capuccino en la Piazza Navona, el corazón de una ciudad milenaria, que sigue el trazado de un antiguo circo romano. Las estatuas de Bernini adornan la fuente de los Cuatro Ríos, que se queda a un paso de ser la más espectacular de la capital italiana. Este puesto se lo lleva la popular Fontana di Trevi, la más grande y costosa de la ciudad, donde cada día miles de esperanzados turistas lanzan sus monedas para pedir un deseo. Tan fácil como observar las mejores esculturas del barroco romano, es regalarse la vista con pinturas originales de Raffaello, que cuelgan de las paredes de Santa Maria Della Pace, o con frescos de Caravaggio, en la iglesia de Santa Mónica. Y es que el arte en Roma no se esconde en los museos, sino que vive entre la gente de una manera natural y discreta.
Deliciosa Roma
Pero las esculturas, monumentos y pinturas no son los únicos tesoros de esta vieja ciudad. La gastronomía es sin duda uno de los atractivos más potentes de Italia, y en Roma se pueden degustar recetas que no sabrían igual en ningún otro lugar del mundo. La pizza “al taglio”, un formato en porciones individuales para llevar, es una de las opciones más agradecidas para el turista, puesto que no impide seguir con la caminata mientras mordisqueas una sabrosa masa artesana.
Después de un desayuno en la Navona, y de comer mientras paseas por los alrededores, se puede ir paseando hasta el Panteón, casa de todos los dioses, donde se concentran algunas de las mejores heladerías de la ciudad. Della Palma y Giolitti, donde se dice que hay tantos sabores como calles hay en Roma, son dos monumentos más de la capital de Italia, tan importantes y reconocidos como el Coliseum o el Circo Romano.
Al caer la tarde nada mejor que cruzar el imponente río Tiber, que serpentea a través de Roma desorientando al turista, y que esconde tras de sí uno de los barrios más vivos de la ciudad. El Trastevere, en la orilla oeste, es una colmena de callejones pavimentados con Sampietrini, el típico adoquín de Roma. Un día feliz en Roma acabaría seguramente en estas calles, frente a un plato de pasta y una copa de vino tinto.