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Jueves 08 del Enero de 2009 — Actualizado a las: 18:04 PM
A pesar de sus reducidas dimensiones, en Praga es difícil escoger un lugar por el que empezar la ruta turística. La historia del viejo continente ha ido sembrando en esta bella ciudad multitud de edificios y rincones que se disponen a una y otra orilla del río Moldava, que ahora sirve de espectacular mirador de la capital de la República Checa. Una buena manera de empezar la visita podría ser aprovechar el paseo fluvial que ofrece este caudaloso sendero, a través de los cruceros que se organizan a lo largo de su recorrido. Los hay de diversos tipos, y se pueden combinar con los momentos de almuerzo o cena.
En la orilla izquierda, en el Castillo de Praga, sede del poder del estado desde hace siglos, conviven algunas de las más espectaculares construcciones de toda la ciudad. La catedral, el palacio real, la basílica de San Jorge, y el palacio Lobkowizk son algunos de ellos, aunque los atractivos no se limitan a estos vastos edificios sino también a la multitud de callejones que recorren el recinto.
La catedral, de estilo gótico, tardó cinco siglos en ser acabada. De hecho, las obras que habían empezado por orden de Juan de Luxemburgo en el siglo XIV no se terminaron hasta principios del siglo pasado, en 1929, cuando se acabaron los trabajos de construcción de las dos enormes torres que constituyen la portada. El palacio real, una de las joyas de la capital checa, ha sido la sede del poder y residencial real desde el siglo XI. La sala gótica de Vladislav es seguramente el rincón más espectacular del conjunto, con una extensión de 63 metros de largo por 16 de ancho, coronados por una magnífica bóveda arqueada. Actualmente este salón se utiliza para realizar los más solemnes actos del estado.
Más allá del castillo
Si bien el fortín medieval del castillo es una de las visitas obligadas de la capital checa, en Praga la vida discurre por multitud de rincones.
Malá Strana, el barrio que une el recinto del castillo con el río Moldava, está formado por unas preciosas fincas con tejados rojos, que se disponen a lo largo de las innumerables cuestas que descienden hacia el río. En el centro de la plaza principal de la zona, se erige la iglesia de San Nicolás, un templo barroco cuyo interior muestra varios frescos originales de gran valor artístico.
Varios puentes conectan esta zona con la llamada “ciudad vieja” (aunque en el caso de Praga este adjetivo parece poco indicado). El más conocido es el puente de Carlos IV, de 500 metros de longitud, que está adornado por multitud de estatuas y que culmina en ambas orillas con sendas torres góticas y romanas.
Una vez cruzado el puente, la ciudad vieja concentra en su plaza mayor la vida urbana de Praga desde tiempos medievales. Donde antiguamente se disponían los mercados y comercios ambulantes, poco a poco se empezó a gestar la vida política, hasta edificar en esta plaza el ayuntamiento de la ciudad, cuyo capitel ofrece una de las mejores vistas sobre Praga.