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Mi verano azul
Nada más llegar al pueblo, íbamos de cabeza a uno de los rincones más bonitos y románticos; la playa de la Mar Menuda. No esperábamos ni un minuto para desvestirnos y lanzarnos al mar.
Mi madre siempre me decía que no entendía como no nos salían escamas. Nos pasábamos horas y horas en bajo el mar, observando la extensa fauna marina. Desgraciadamente, de todos mis amiguitos marinos de entonces, se han ido. No queda ni una cuarta parte de lo que había antes. El mundo “moderno” a puesto su granito de arena para su desaparición.
En mi infancia, la mayor ilusión era navegar con mis padres y amigos. La concentración de una tropa de pequeños grumetes esperando embarcar en la embarcación familiar era inmensa. La procesión se hacía en la “Platja Gran”, la playa principal del pueblo, donde se puede contemplar una bonita panorámica de las murallas de la vila vella.
Una vez agrupada toda la tropa, zarpábamos rumbo a Cala Futadera. El color verde esmeralda de sus aguas emboba nada más llegar, aun hoy llega a sorprender. Rápidamente, cogíamos las gafas de bucear y nos pasábamos horas observando la belleza del mundo animal marino. Podía verse de todo tipo de especies como pulpos, doradas, lenguados entre otros animales. Como ya dije, ahora rara vez ves algún pez.
A primera hora de la tarde, cuando el hambre y el sol se hacían insoportables, mi padre ordenaba recoger el ancla rumbo a Cala Bona, donde nos esperaba una deliciosa paella. Esta pequeña cala, también está resguardada del “garbí”, el viento frecuente de la zona, convierte el entorno en una laguna color verde turquesa.
En esta cala, cada verano, se montaba un pequeño chiringuito que regentaban unos gallegos de lo más simpáticos. Allí comíamos una de las mejores paellas que se preparaban a la leña. Hoy esto sería impensable, por el riesgo de incendios y demás ordenanzas municipales.
Saciadas todas las hambrientas criaturas, buscábamos una roca lisa y la sombra de un pino para poder hacer la siesta. La playa quedaba en calma durante un tiempo, hasta que despertábamos y volvíamos a hacer de las nuestras.
En el crepúsculo, cuando el mar comenzaba a cambiar de color, un intenso dorado, regresábamos al pueblo y comenzábamos voltear por sus estrechas calles.
Tossa de Mar es uno de los parajes de la Costa Brava que mejor se han conservado después del “boom” inmobiliario de finales del siglo pasado. Poco a poco, se ha ido permitiendo la construcción de nuevos edificios, pero dentro de lo que cabe, no han acabado por destrozar el entorno natural.
Los primeros colonos llegaron en el paleolítico. Hay presencia de dólmenes y otros artilugios que están expuestos en el Museo Municipal de la Vila. Todavía hay muchos restos que no están excavados por falta de recursos.
Muchas veces mis amigos y yo, cogíamos las bicis y nos íbamos a jugar cerca de las ruinas romanas. Se han encontrado varias villas de esa época. Hasta ahora la más importante en el término municipal es la villa romana dels Ametllers.
Entre los restos arqueológicos, han aparecido termas, un hipocausto, mosaicos, entre otras piezas de gran valor histórico. Tossa de Mar en aquel entonces ya era una villa de comerciantes que pertenecía a la provincia romana Tarraconense.
Cuando me invadía la melancolía adolescente, solía pasear por la muralla de la Vila Vella. El conjunto arquitectónico es un monumento histórico-artístico nacional y el único ejemplo de población medieval fortificada existente en la Costa Brava. Su construcción original se remonta a finales del siglo XII, pero ha sufrido diversas modificaciones, la más característica data del año 1387.
Ascender por las murallas, llena a toda persona de una paz espiritual. La hermosura de los muros de mampostería almenados, con cuatro torreones y tres torres cilíndricas, te hace retroceder varios siglos de golpe. En el recorrido hacia la cima donde se encuentra el faro, uno se topa con unos cañones que servían para defenderse de las incursiones de los piratas en el s. XVI. Una vez dentro de Vila Vella, se encuentra la iglesia gótica (s. XV) y el conjunto de casas medievales, perfectamente restauradas.
Muchas noches, ya en la pubertad, mis amigos y yo nos íbamos a la torre dels moros (la torre de Can Magí) para contar historias de miedo. El escenario era el apropiado, una torre en medio del bosque y un silencio aterrador. La Torre de Can Magí era una edificación de vigilancia que Felipe II mandó construir en el siglo XVI, con el fin de proteger y vigilar las incursiones de los piratas del norte de África.
A medida que me iba haciendo adulto, he ido descubriendo monumentos que de niño no me llamaban tanto la atención como la hermosa Iglesia barroca de Sant Viçens que se empezó a construir en el año 1755. Otra de las joyas del mismo siglo es el Hospital de Sant Miquel de 1773. Tiene su encanto.
Un poco de ejercicio siempre es bueno, y no hay mejor lugar que el parque natural que rodea la villa. Por eso, no hay mejor excursión que ir a pié o en bicicleta al Puig de les Cadiretes. En el mismo macizo se ubica el santuario de Sant Grau. El exterior de la construcción el de estilo neogótico. Tossa de Mar está rodeado de uno de los bosques más extensos de la Costa Brava.
Hoy en día cuando traigo una visita a Tossa, nunca me canso de enseñarles el Museo Municipal, que se encuentra ubicado en el centro de la Vila Vella, que ocupa la antigua casa del gobernador o del Batlle de Sac del siglo XIV. Es poco conocido, pero Tossa de Mar ha cobijado a grandes artistas, escritores, filósofos y escultores como Olga Sacharoff, Galway, Brignoni, Kars, Masson, Petersen, Vilallonga, Canals y Rafael Benet, entre otros. Un dato curioso es que Ava Gardner se trasladó a Tossa para rodar la película “Pandora y el holandés errante” de Albert Lewin.
Son muchos años que llevo veraneando en la Costa Brava y no ha perdido la esencia de sus colores, olores y simpáticos lugareños que me prendieron desde mi infancia hasta hoy. Parece como si al entrar en el pueblo, los relojes se pararan.
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