12/06
Para muchas personas, la ridiculización de “famosillos” les permite comprobar que las personas que siempre han envidiado están en peor situación que ellos, por lo que esta porquería de programas, sin haberlo pretendido, cumplen una función social aunque no sea nada educativa.
Empecemos por decir que en nuestra actual sociedad hay mucha más gente con problemas de angustia y depresivos que felices y que esta infelicidad es debida a la pésima educación que estamos recibiendo generación tras generación.
Antes de la revolución francesa de 1789, Rousseau ya decía que la sociedad no puede funcionar mientras no se eduque a los educadores. Debemos aprender filosofía elemental, moral, principios éticos, altruismo, empatía… mucho antes que la tabla de multiplicar, la lista de los Reyes Godos o los afluentes del Tajo.
Lo que ocurre es que la educación es fundamentalmente un problema familiar y la enseñanza, cosa muy distinta, es una responsabilidad de las escuelas y universidades. Hoy la educación no pueden proporcionarla las familias ni es obligación de los centros de estudio y las personas sólo se educan viendo programas de televisión que, en un porcentaje importante, son auténtica basura.
“Nadie ha podido demostrar hasta la fecha que el sufrimiento que provoca el hambre sea superior al que produce la envidia”
La telebasura ha sido creada de forma interesada por las cadenas de televisión con el único fin de incrementar audiencias, para obtener mayor volumen de publicidad y, por tanto, generar mayor fuente de ingresos. Con esta conducta egoísta no han sopesado las consecuencias, a medio y largo plazo, que tales programas acarrean en el comportamiento social.
Pese a todo lo expuesto lo gracioso del caso es que estos vergonzosos programas en donde se humilla a personajes pagándoles dinero, tienen su aspecto positivo. Para muchos telespectadores, sobre todo los menos favorecidos en la escala económico-social, la ridiculización de “famosillos” en horas nocturnas les relaja y duermen apaciblemente pues comprueban que las personas que siempre han envidiado están en peor situación que ellos. Por eso estoy convencido que esta porquería de programas, sin haberlo pretendido, cumplen una función social aunque no sea nada educativa.
Tengamos presente que nadie ha podido demostrar hasta la fecha que el sufrimiento que provoca el hambre sea superior al que produce la envidia. Somos tan envidiosos que hasta nos alegramos de las desgracias de nuestros amigos o conocidos (Duque de la Rochefoucauld, S XVII). El placer que produce ver llorar a la gente que tratan de emular ha proporcionado importantes “shares” de audiencia, aunque el público que los comenta diga que no ve este tipo de televisión.