La economía de los EE.UU., aunque muestra cierta ralentización, continúa siendo una de las principales locomotoras, cuya fuerza explica la durabilidad del actual ciclo expansivo de la economía internacional. Mediante su insaciable apetito para consumir, aún a costa de elevados niveles de endeudamiento, los EE.UU. permiten que China y otras potencias se hayan constituido en verdaderas fábricas del mundo.
Sin embargo, nuevos datos ponen de manifiesto que el actual modelo de crecimiento en los EE.UU. beneficia especialmente a las personas con más ingresos. En los últimos años han aparecido muchos estudios sobre la concentración de la riqueza en manos de las capas más pudientes. Un exhaustivo estudio del Economic Policy Institute confirma la creciente desigualdad en los EE.UU., aunque también pone de manifiesto que no ha aumentado tan espectacularmente como a menudo afirman los detractores del sistema norteamericano. Si en los años sesenta el 20% de hogares más ricos poseía una riqueza 15 veces superior a la de la familia media de los EE.UU., en el 2004 dicha proporción había aumentado hasta 23. Y mientras que a principios de los sesenta el 1% de las familias más ricas tenía una renta 125 veces superior a la media del país, en la actualidad esta brecha se sitúa en 190.
Una de las facetas que distingue al modelo norteamericano es la popularidad de las acciones como forma de inversión (aunque otras economías avanzadas incluyendo la española se han puesto al día en este sentido en los últimos años). Si contabilizamos títulos de acciones comprados a través de fondos de pensiones, en el 2004 el 48,6% de los hogares norteamericanos poseían acciones. Pero el 40% de los hogares con menos renta disponía como media de únicamente $1.400 en acciones, el 20% de hogares con una renta intermedia contaba con $7.500 y el 1% de familias con más ingresos promediaba inversiones en acciones por valor de $3,3 millones.
“La única magnitud en la que las capas de menos ingresos superan a las demás es en nivel de endeudamiento”
El boom del sector inmobiliario ha generado un efecto riqueza en los EE.UU., al igual que sucede en nuestro país. Pero nuevamente nos encontramos ante el hecho de que esta riqueza está mal distribuida. El 20 % de los hogares más ricos poseen el 65 % del total del valor de las propiedades inmobiliarias del país.
Desgraciadamente, la única magnitud relevante en la que las capas de menos ingresos superan a las demás es en nivel de endeudamiento. Desde el 2001 los niveles de endeudamiento de las familias han crecido para todos los segmentos de la población, y actualmente son un 30% superiores a los ingresos disponibles. Pero mientras la deuda subió únicamente un 10,6% en el período 2001-05 para el 1% de familias con más ingresos, creció un 19,5% para el 20% de las familias con ingresos intermedios y un 28,2% para el siguiente 20% de familias con ingresos inferiores.
A los datos reseñados hay que contraponer otros que cuestionan que se esté produciendo un efecto de acumulación de renta entre los más ricos. El año pasado la renta media de una familia norteamericana aumentó en un 1,1% (por encima de la inflación) y se situó en $46.326, y la tasa de pobreza dejó de ascender por primera vez desde el 2000, manteniéndose en el 12,6% (37 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza).
Sin embargo, estas últimas cifras positivas pueden resultar engañosas por diversos motivos. En primer lugar, no se había producido un incremento en la renta de los hogares desde 1999, con lo cual el aumento del 2005 puede no constituir el inicio de un cambio de tendencia. Además hay que tener en cuenta que dicha subida de los ingresos se produjo a pesar de descensos en los salarios (1,8% para los hombres y 1,3% para las mujeres) por el efecto de otras fuentes de ingresos como beneficios de inversiones y también por la incorporación a ciertos hogares de trabajadores con salarios bajos (que harían ascender los ingresos de la familia pero disminuir el salario medio). La nostalgia de las clases medias en los EE.UU. por los años noventa es comprensible, ya que entonces los salarios crecían (incluso por encima de la productividad) y el crecimiento beneficiaba claramente a todas las capas sociales. Parafraseando el dicho inglés, la subida de la marea elevaba a todos los barcos. Sin embargo, después de la crisis bursátil del 2000, del hundimiento de la “Nueva Economía” y de la recesión del 2001, la expansión macroeconómica ha seguido otro patrón. Los salarios están estancados, los ingresos apenas aumentan y las clases medias y bajas únicamente pueden mantener sus niveles de consumo a base de mayor endeudamiento o de trabajar más horas.
La agenda legislativa en Washington está paralizada debido a la campaña para las elecciones al Congreso del próximo noviembre. Los analistas prevén pérdidas para los Republicanos en ambas cámaras (Cámara de Representantes y Senado) y no se descarta que los Demócratas puedan recuperar el control de por lo menos una de las dos.
Después de dichas elecciones y hasta el final del mandato de George W. Bush en enero del 2009, el nuevo Congreso y el ejecutivo harán bien en tomar medidas para impedir el progresivo deterioro de la situación financiera de las clases medias y bajas. En lugar de convertir en permanentes las reducciones de impuestos auspiciadas por Bush en su primer mandato (y que benefician especialmente a los más ricos), el presidente y la nueva mayoría en el Congreso deben acordar un aumento del salario mínimo, una mayor presión fiscal para las familias con más ingresos (desechando la propuesta Republicana de eliminar el impuesto de sucesiones) y desgravaciones fiscales para que las empresas ofrezcan cobertura médica a los casi 40 millones de norteamericanos que no están asegurados.