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Viernes 16 del Mayo de 2008 — Actualizado a las: 19:39 PM

Director: Humberto Salerno

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OPINIÓN
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Educar para el cambio y el placer de aprender
Ferran Ruiz Tarragó

Autor de La nueva educación, premio de ensayo 2006 de la Fundación Everis

03/08 Sujetos a múltiples presiones, los legisladores y los administradores de la educación adoptan una posición enciclopedista y maximalista de los planes de estudios que acaba siendo contraproducente en tanto que no permite profundizar en nada (basta pensar en el inglés) ni cultivar el placer de explorar y descubrir, de comunicar y cooperar, de crear y producir, de ser consciente de cómo toman cuerpo las ideas y las relaciones, en definitiva, de aprender.
 

El mundo educativo proclama convencido el valor del aprendizaje a lo largo de la vida, pero en la práctica tiende a actuar como si esta posibilidad no existiera, como si hiciera falta enseñarlo todo durante el periodo de escolarización. Más que a la voluntad del profesorado esto se debe básicamente a la extensión y prolijidad del currículo normativo y a la largamente consolidada orientación a impartir contenidos, dejando que sea el profesor el protagonista principal del trabajo. Sujetos a múltiples presiones, los legisladores y los administradores de la educación adoptan una posición enciclopedista y maximalista de los planes de estudios que acaba siendo contraproducente en tanto que no permite profundizar en nada (basta pensar en el inglés) ni cultivar el placer de explorar y descubrir, de comunicar y cooperar, de crear y producir, de ser consciente de cómo toman cuerpo las ideas y las relaciones, en definitiva, de aprender.

A pesar de la gran importancia de memorizar —capacidad que es preciso cultivar: la conjugación de los verbos y las tablas de multiplicar son y serán imprescindibles— ser capaz de reproducir de memoria muchos contenidos no es la principal destreza que se precisa en los tipos de trabajos más cualificados y autoprogramables que requiere la economía del conocimiento. Y sin embargo la evaluación en base a la capacidad de repetir sigue siendo la norma de nuestro sistema educativo. Parece que ni el ámbito educativo ni el político han percibido aún que la diferencia entre las necesidades pasadas y las del presente-futuro debe traducirse ya en términos de objetivos y de métodos pedagógicos.

"Ser capaz de reproducir de memoria muchos contenidos no es la principal destreza que se precisa"

Con respecto a los conocimientos de aplicación laboral, tiempo atrás, para la mayoría de la población, si una cosa no se había aprendido a los 15 o a los 25 años probablemente nunca se llegaría a conocer, pero en cambio había muchas posibilidades de que los conocimientos adquiridos a estas edades fueran utilizables durante el resto de la vida de la persona. Los sistemas educativos y la actividad profesional de los docentes todavía se basan mucho en esta percepción, y también en otras como el carácter local de los empleos, la estabilidad laboral y la predictibilidad de las trayectorias profesionales. Sin embargo todas estas cosas son más del pasado que del futuro. Como ejemplo de ello baste la estimación hecha por el U.S. Labor Department de que los actuales estudiantes de high-school en promedio habrán tenido entre diez y catorce empleos cuando tengan 38 años. Según este mismo organismo, uno de cada cuatro trabajadores lleva menos de un año con su actual empleador y la mitad llevan menos de cinco años. Para bien o para mal, la globalización galopante demuestra que el cambio es la norma, por lo que es preciso que el sistema educativo extraiga las conclusiones pertinentes y que además lo haga con claridad, rapidez y eficacia.

La enseñanza en nuestro país falla en muchas cosas pero hay dos que son excepcionalmente graves, y que hacen referencia, respectivamente, al control de la calidad y a la reingeniería de procesos. La primera es la garantía de que la educación primaria sirve para que todos los alumnos adquieran unas sólidas competencias de escritura, de comprensión lectora, de expresión oral y de cálculo. No tiene ningún sentido que el alumno que no domina a fondo estas competencias se adentre en estudios más avanzados. Además es casi imposible que pueda desarrollar el gusto por aprender, con lo cual su perspectiva de formación permanente para adaptarse a un mundo laboral cambiante es casi nula. El control de la calidad de estos aprendizajes esenciales es ahora más necesario que nunca, si bien no basta plantear el control por el control sino que es preciso articular mecanismos personalizados, que deberían ser eficaces y contundentes, para eliminar unos déficits que hoy en día y por desgracia son muy generales. La baja calidad de estos aprendizajes en la educación primaria es el primer y principal talón de Aquiles de nuestro sistema educativo y posiblemente lo sea también del porvenir de la sociedad.

Si las competencias mencionadas estuvieran sólidamente adquiridas por la inmensa mayoría de la población escolar un nuevo camino para la educación secundaria sería posible. Esta debería ser objeto de una seria reingeniería para centrarse mucho menos en la acción didáctica del profesor y muchísimo más en el trabajo y la implicación del alumno, en la aplicación del conocimiento, en la profundización mediante proyectos y en el estímulo de capacidades personales que sólo se desarrollan ejerciéndolas, como la creatividad, la iniciativa, el espíritu inquisitivo, la orientación al trabajo en equipo y la responsabilidad por el propio aprendizaje. Esto es incluso fundamental para el desarrollo de los valores, los cuales no se afianzan por mimetismo sino por la comprensión intelectual de la realidad y de las situaciones, especialmente de las injustas.

Pero con la mentalidad educativa actual, reflejada y a su vez constreñida por las normas que la rigen, lo prioritario para la organización escolar es que se imparta una clase tras otra, cada día, todos los días, para transmitir muchísimas cosas, tantas que no queda tiempo ni energías para la exploración, los proyectos personales y colectivos con finalidad productiva, para presentar lo que se está aprendiendo, para discutirlo e intercambiarlo. Por descontado que tampoco queda tiempo para ser evaluado en base a la capacidad de explicar lo que se ha hecho, cómo se ha hecho, lo que queda por hacer y por donde le gustaría a uno continuar. Aunque no lo pretenda, el enfoque actual mata la creatividad y a su vez estimula la pasividad y el aburrimiento, cuando no la indiferencia o incluso el rechazo abierto a la educación que se recibe. Y por culpa de todo esto el profesorado paga un tremendo precio sin tener ni siquiera la contrapartida de otear una mejora en el horizonte, mejora que sólo puede darse si se asegura la calidad de los aprendizajes básicos y si además se plantea a medio plazo un proceso serio de reingeniería educativa en la educación secundaria.

Lo que se aprende de joven y la manera en que se aprende fundamentan lo que cada uno puede llegar a desarrollar o profundizar según los requerimientos del trabajo, las necesidades de la sociedad y sus propias inclinaciones o intereses. Las competencias estáticas y estrechas no son de demasiado valor si no se pueden utilizar y transformar continuamente. Antes el éxito consistía en saber hacer lo que a uno le había sido enseñado pero ahora consiste en innovar en base a lo que ha interiorizado y operacionalizado, o sea, a lo que ha aprendido. Cultivar el placer de hacerlo es el mejor camino para que tome cuerpo la predisposición a formarse permanentemente. No hay motivación más intrínseca, satisfactoria y potente que el placer de aprender.





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