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Martes 02 del Diciembre de 2008 — Actualizado a las: 18:03 PM
¿Por que hay tan pocos “recursos humanos” a los que les entusiasme ir a trabajar los lunes por la mañana? ¿Qué directivo no sueña con ser capaz de entusiasmar a sus colaboradores? Por supuesto, cuanto más líder es un directivo, más sensible es al tema de los valores y del sentido del trabajo y, por lo tanto, al tema del valor del entusiasmo, que no es más que la manifestación de dicho sentido en su plenitud. Así, el valor “entusiasmo” va más allá que el tan manido concepto de motivación e incluso del mero compromiso. La palabra deriva del griego «theós», dios, y proviene del griego «enthusiasmós», éxtasis, y de «enthusía», inspiración divina.
La gestión del entusiasmo es la creación de las condiciones organizativas para que el trabajo tenga un triple sentido utilitario-pragmático, emocional-creativo y ético-trascendente. En otras palabras: sentirse bien remunerado y reconocido, pasárselo bien y sentirse útil para los demás.
El entusiasmo no es exclusivamente un estado emocional ni un valor: es un estado cognitivo-emocional de gran valor, tanto a nivel personal como empresarial. Cuando alguien está bien entusiasmado piensa que “esto es lo mejor que puedo estar haciendo en este momento” y lo vive con un especial estado de alegría, de ensimismamiento (de estar dentro de sí), de flujo y de creencia de controlabilidad y de autoeficacia.
El entusiasmo es un valor positivamente emocionante, radicalmente opuesto al desaliento, a la apatía, a la dejadez, a la atonía, a la impotencia, al desánimo, al cinismo, a la indiferencia, a la desconfianza, a la desvitalización, a la astenia, al cansancio, a la desmoralización, a la desmotivación, a la tristeza y al absentismo psíquico en el trabajo. En definitiva, el entusiasmo es pura vida.
Variables a “gestionar” generadoras de entusiasmo en la empresa:
El riesgo del entusiasmo es doble: la frustración derivada de no alcanzar logros ambiciosos y la adicción generada por las acciones entusiastas en detrimento de otras áreas de la vida. El remedio para el primero es claro: aprender a saborear el camino. Con respecto al segundo puede apuntarse una receta: diversificar las pasiones.