Europa se enfrenta a un desafío. Según el último ranking de universidades elaborado por Andreas Schleicher, responsable del Informe PISA (Estudio que evalúa los sistemas educativos de los países de la OCDE), de las 20 mejores universidades, sólo dos son europeas. ¿El resto? Norteamericanas, excepto la Universidad de Tokio. Sólo Cambridge (2ª) y Oxford (10ª) salvan el honor del viejo continente. Si tomamos como referencia clasificaciones sobre escuelas de negocios, el panorama es similar. En el último ranking publicado, el que elabora The Economist, de las diez primeras, sólo dos son europeas: IESE (1ª) y el IMD (5ª).
Existen diversos motivos que han propiciado el cambio de las reglas de juego, que ha pillado desprevenida a Europa. Por un lado, la democratización de la educación superior. En segundo lugar, la globalización, que ha eliminado las limitaciones temporales y geográficas y está transformando los negocios, entre ellos el de la formación. La tercera razón es el nacimiento de la economía del conocimiento. El conocimiento se está erigiendo en uno de los principales motores del crecimiento económico. El último motivo es la competencia. Todos competimos por los mejores estudiantes y por fondos para investigación y financiación. Muchos piensan que la educación superior está madura para la revolución; otros, los optimistas, que está en el mejor momento para dar el salto; la mayoría, que vamos tarde.
Dijo Ortega y Gasset, a principios de siglo pasado que “Europa es vieja. No puede aspirar a tener las virtudes de los jóvenes. Su virtud es ser vieja, es decir, tener una larga memoria, una larga historia”. Continuaba el filósofo español apuntando que “los problemas de su vida exigen soluciones muy complicadas (...) Por tanto Europa ha de renacer siempre de sí misma”.
“Los EEUU gastan más por alumno en todos los niveles educativos que Europa”
En este sentido, parece que el renacimiento de Europa está llegando. Es cierto que no nos hemos adaptado con rapidez a las reglas del juego, pero en estos momentos, mediante el proceso Bolonia, intentamos recuperar el tiempo perdido. A finales de la década pasada, la Unión Europea culminó dos de los proyectos más relevantes del proceso de integración europea: el mercado interior y la unión monetaria. Además, la Unión preparaba la ampliación a nuevos países en un contexto de bonanza económica y elevada creación de empleo. Sin embargo, la brecha de bienestar que separaba a la UE de los Estados Unidos se estaba ampliando y mucho más en el ámbito educativo.
Los EEUU gastan más por alumno en todos los niveles educativos que Europa (en la universidad hasta el doble que la UE), según el mismo estudio elaborado por Andreas Schleicher. Los EEUU son la primera elección de los consumidores mundiales de educación: cerca del 40% de los alumnos que estudian fuera de sus países lo hacen en los EEUU. Por otro lado, Francia, Italia y Reino Unido mantienen el mismo porcentaje de universitarios que en 1960 en relación con su población. España es una excepción en este punto: desde 1990, ha pasado de tener un 10% de la población con estudios universitarios a tener un 24%.
La globalización y las tecnologías de la información y las comunicaciones estaban modificando profundamente la economía y la sociedad y Europa no reaccionaba. Sin embargo, en el año 2000, Europa se propone convertirse en “la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión”.
En este contexto, surge el proceso de Bolonia con el objetivo de crear un Espacio Europeo de Educación Superior capaz de competir con los Estados Unidos. La construcción de un espacio único europeo de la información que promueva un mercado interior abierto y competitivo para la sociedad de la información y los medios de comunicación permitirá el refuerzo de la innovación y la inversión en la investigación sobre las TIC y, a su vez, fomentará el crecimiento y la creación de más empleo y de mayor calidad. El logro que se persigue es una sociedad europea de la información basada en la inclusión que fomentará el renacimiento y el empleo de una manera coherente con el desarrollo sostenible y que dará la prioridad a la mejora de los servicios públicos y de la calidad de vida.
“El proceso de Bolonia es nuestro reto y nuestra oportunidad”
En pleno proceso de cambio, ya surgen voces de ultramar que desconfían de nuestras posibilidades frente a su sistema. Aseguran que su éxito se debe a que “las universidades norteamericanas son mucho menos dependientes del Estado que sus competidoras en el extranjero”. “El primer principio es que el Gobierno Federal juega un rol limitado y no trata a sus académicos como siervos civiles, como lo hace Francia y Alemania. En cambio, las universidades norteamericanas tienen un amplio rango de patrocinadores desde gobiernos estatales a grupos religiosos, desde estudiantes que pagan sus tarifas a generosos filántropos. Las universidades europeas tienen un problema en común: demasiado control del estado y poca libertad para manejar sus propios asuntos. Los gobiernos las han forzado a educar a inmensos ejércitos de estudiantes a bajo coste y las han privado de dos libertades que requieren para competir en el mercado internacional: elegir a sus estudiantes y pagar a los profesores de acuerdo al valor del mercado”, según el periódico The Economist.
La riqueza también tiene algo que ver, porque los EEUU gastan más del doble por estudiante que el promedio de los países de la OCDE. Los países europeos gastan sólo el 1% de su PIB en educación superior, comparado con el 2,7% de los Estados Unidos. Las universidades americanas gastan entre dos y cinco veces más por estudiante que las universidades europeas. Clases más pequeñas, mejores profesores e investigación de mayor calidad. La Comisión Europea estima que unos 400.000 investigadores científicos nacidos en Europa trabajan ahora en los Estados Unidos. Europa lo sabe.
El proceso de Bolonia es nuestro reto y nuestra oportunidad, y sería un error desaprovechar la oportunidad de innovación para formar directivos más capacitados, para triunfar en el mundo.