El crecimiento económico de la UE ha alcanzado el 2,7% en 2006 después de años de atonía. El tradicional motor de la economía europea, Alemania, ha crecido al 2,5% y ha generado más de 500.000 lugares de trabajo. Recuperada la confianza, los consumidores europeos vuelven a gastar y las empresas presentan buenos resultados. El euro continúa su gradual apreciación frente al dólar (11% en el 2006). La inflación en la zona Euro parece controlada, diversos países (los nuevos estados miembros del este, pero también los escandinavos, Irlanda, España) crecen vigorosamente y el sector inmobiliario, aún ralentizándose en algunos países, no sucumbe al temido pinchazo.
Arreglada la economía, los líderes europeos quieren centrar sus esfuerzos en resucitar el proyecto de tratado constitucional que embarrancó en la primavera del 2005. La cancillera alemana Merkel, cuyo país preside la UE hasta finales de junio y el G-8 durante todo el 2007, está decidida a implicarse a fondo para rescatar las partes menos polémicas de la Constitución (relativas al funcionamiento de las instituciones europeas) y conseguir su aprobación por vía parlamentaria.
Arreglada la economía, los líderes europeos quieren resucitar la Constitución Europea
Aunque el compromiso de Merkel con la integración europea es muy loable, nuevamente nos encontramos ante un caso de prioridades equivocadas. A pesar de los datos reseñados, la expansión de la economía europea no está consolidada y padece de graves problemas estructurales. Así lo entendió la Comisión Europea, que después del fracaso de la Constitución puso en marcha diversos planes y medidas para dinamizar y liberalizar la economía europea, tales como la eliminación de directivas que lastran a las empresas, el fomento de una mayor competencia en sectores como el energético, postal, la telefonía móvil (con una disminución de las tarifas de roaming) y los servicios financieros. Pero la Comisión tiene unos poderes limitados y sus llamamientos a favor de un mejor funcionamiento del mercado único (libertad de movimiento para los trabajadores de los nuevos EEMM del este) o de la reorientación del presupuesto de la UE hacia los capítulos que promueven la competitividad (I+D+i, educación, formación, redes transeuropeas de transporte y energía) son ignorados por los gobiernos de muchos EEMM temerosos del influjo de inmigrantes, y de la cólera de unos agricultores que podrían perder sus subvenciones.
Además, la Comisión choca de manera creciente con el nacionalismo económico de gobiernos que no quieren perder el control sobre sus empresas “estratégicas” (Francia, Alemania y España en el sector energético, Italia sobre sus autopistas, Polonia sobre sus bancos). El impulso favorable a la liberalización y modernización económica procedente de las capitales europeas se ha debilitado considerablemente. Tony Blair ya está preparando su despedida, Italia es gobernada por una coalición inmanejable, Polonia y Eslovaquia por gobiernos intervencionistas y Alemania, los Países Bajos y Austria por grandes coaliciones entre izquierda y derecha que difícilmente aplicarán reformas estructurales.
En toda Europa, se evita enfrentarse a los problemas reales que amenazan nuestro porvenir: demografía, financiación, I+D+I, etc...
Así las cosas, y con una Merkel lamentablemente poco comprometida con la profundización de las reformas que necesita imperiosamente su país (sanidad, mercado laboral), los líderes europeos evitan enfrentarse a los problemas reales que amenazan nuestro porvenir: la crisis demográfica y la consiguiente imposibilidad de financiar el estado del bienestar en un futuro cercano, mercados de productos, servicios y trabajo poco competitivos, y retraso en I+D+i y enseñanza respecto a EE.UU. y Japón.
Si el BCE no eleva demasiado los tipos de interés, el barril del petróleo no vuelve a dispararse, la economía de EEUU no se ralentiza en exceso y el incremento del IVA en Alemania no desincentiva el consumo, en el 2007 se mantendrá la coyuntura expansiva en Europa. Pero seguimos dependiendo excesivamente de factores más allá de nuestro control y padeciendo un liderazgo político empecinado en promover sus entelequias constitucionales en lugar de dedicarse a los problemas verdaderamente acuciantes.