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Viernes 16 del Mayo de 2008 — Actualizado a las: 19:39 PM
POR ENRIQUE SANCHO. La capital de este espectacular paisaje es Tozeur, un lugar presidido por la arena y el agua, donde el horizonte desaparece para dejar espacio a tres desiertos entremezclados, el de arena, el erg, donde el viento esculpe incansablemente dunas móviles, el de los chott, serir, de cristales brillantes que devuelven sorprendentes espejismos y el de roca, el hamada, inmensidad pedregosa donde se pierde la mirada. Un mundo por descubrir, para dejarse conquistar o para fundirse con él, en un viaje fuera del tiempo, lleno de sensaciones, donde se mezclan cultura, tradiciones y la hospitalidad se practica como el valor más enraizado y verdadero.
Su palmeral único, regado por más de doscientos manantiales que suministran casi 60 millones de litros por día y su insólita arquitectura de ladrillos compactos de originales dibujos geométricos de origen misterioso, le dan un encanto particular. En noviembre el palmeral acoge el Festival del Oasis, una reproducción de los festejos que tradicionalmente organizaban los pueblos nómadas y que llena de color la ciudad: bailes marobout, trajes a la antigua usanza, tragos de lagmi y el rito de la recolección del fruto del árbol sagrado: el dátil de la palmera Jarid.
Recorriendo Tozeur
Tozeur posee una completa infraestructura para el turismo, hay numerosos hoteles, algunos espectaculares en tamaño y equipamiento, buenos y variados restaurantes, interesantes museos e infinitas posibilidades de compras y para la práctica inevitable del regateo. La ciudad queda definida por el aspecto homogéneo de todos los edificios, de un ladrillo ocre que se fabrica en esta región, y las más de 200.000 palmeras que la convierten, de hecho, en un perfecto oasis. El mérito de este milagro se debe en buena medida al matemático Ibn Chabbat, que ideó en el siglo XII el sistema de irrigación por acequias que aún hoy es la vida de estas gentes.
Rumbo a la aventura
Desde Tozeur pueden emprenderse numerosas excursiones a cual más apasionante. Una de las inevitables es hacer la ruta que cubre el trayecto entre Tozeur y Kebili. Una llanura blanca, brillante e infinita, interrumpida sólo por la carretera que se pierde en el horizonte constituye una visión onírica con los cristales de sal formando brillantes reflejos azules, blancos y verdosos. Hasta mediados del siglo XIX este camino era recorrido por las caravanas de esclavos que se dirigían al mercado de Kebili. El lago salado de Chott el-Djerid cubre unos 5.000 km2 y la mayor parte del año está seco, por lo que es posible andar sobre su superficie. Los más osados pueden animarse a utilizar un medio de locomoción mucho más original: velas de windsurf unidas a un curioso cochecito o a una tabla con ruedas en los que volar a 20 kilómetros por hora.