Tras una larga pausa en la historia de Moritz, que se vio obligada al cierre en el año 1978, a partir del año 2001 se empezó, aún desde la sombra, a preparar el relanzamiento de la marca, de la mano de la quinta y sexta generación de la familia del mismo nombre y de Albert Castellón, director general de Moritz. Durante los tres años siguientes se veló por todos los detalles para que en 2004 todo estuviera preparado para volver a llevar la cerveza a los bares barceloneses.
“Fue lento porque no estábamos hablando tanto del relanzamiento de una marca sino de la reformación de una empresa. En nuestro caso partíamos de cero, tuvimos que definir qué marca queríamos construir, cuál era el posicionamiento, los valores, etc., y cómo se haría desde el punto de vista comercial, de fabricación, de marketing, etc.”, recuerda Castellón.
Tras el pistoletazo de salida, la marca consiguió posicionarse en el mercado de una manera muy rápida, señal de que “se han hecho las cosas bien”. Por ejemplo, el plan comercial de la compañía incluyó la compra de dos empresas de distribución, para asegurarse que este proceso se hacía de manera directa. Además, contaban con unos aliados muy importantes: la gente de más de 45 años recordaba de alguna manera la marca a pesar de haber estado 26 años fuera del mercado.
Cerveza del s.XXI elaborada como en 1851
En la combinación de tradición y modernidad que se le ha querido imprimir a la marca, la parte de la tradición viene representada por el método de elaboración, ya que se siguen utilizando tanques horizontales para que no haya tanta presión en el momento de la fermentación como si se utilizara un tanque vertical. En los ingredientes, en cambio, “se ha innovado 100%”.
Cuando Louis Moritz, uno de los pioneros de la industria cervecera catalana, llegó a Barcelona en 1851, en su maleta llevaba una cosa que había aprendido a su Alsàcia natal: el arte del “brassage”, o arte de elaboración de cerveza. Su fórmula fue pasando de padres a hijos durante décadas.
Pero los responsables de la marca hoy, han apostado por unos ingredientes que le proporcionen a la cerveza un toque de distinción. La cerveza Moritz se elabora mediante la cocción de maltas extrapálidas, lo que le da un aspecto mucho más claro que otras cervezas rubias, y con agua “Font d’Or” del macizo del Montseny, propiedad de Vichy Catalán, con quien Moritz ha llegado a un acuerdo de suministro de agua traída directamente de la zona. Asimismo, la cerveza está perfumada con una infusión de flores de lúpulo aromáticas de Saaz (Chequia), que le dan una característica y extraordinario aroma.
La evolución de la distribución de la cerveza también fue paso a paso, empezando por Barcelona hasta extenderse por toda Cataluña. Lo más curioso es que la Moritz, que se presenta a sí misma como “la cerveza de Barcelona”, está vendiéndose hoy a 15 países del mundo, después de que los turistas con vista de cazatalentos la recomendaran en sus países como cerveza y como marca bien posicionada. La compañía factura hoy 12 millones de euros por la venta de cerveza.
Apuesta por el diseño
El retorno de Moritz implica también la recuperación para Barcelona del complejo arquitectónico en el que la empresa tuvo su fábrica y su sede corporativa. Y no lo hace de cualquier manera, sino que de la mano del arquitecto francés Jean Nouvel, quien está desarrollando su proyecto sobre unos muros de más de 140 años. Los tres edificios, cada uno con sus propias características, exponentes de la arquitectura barcelonesa de finales del siglo XIX y principios del XX, se convertirán en una plataforma de ocio, restauración y cultura que la familia Moritz ha querido recuperar y reinventar.