"La crónica «sudaca»"

La crónica «sudaca»

El escritor argentino ha aprovechado un viaje a México para desplazarse a la ciudad de Juchitán y contar la vida de los muxes, como se conoce ahí a travestis y transexuales. El escritor argentino es patriarca del nuevo periodismo latinoamericano. «El tema parecía cumplir ciertos pedidos: la originalidad, la cuestión de género tan rostro a […]

El escritor argentino ha aprovechado un viaje a México para desplazarse a la ciudad de Juchitán y contar la vida de los muxes, como se conoce ahí a travestis y transexuales. El escritor argentino es patriarca del nuevo periodismo latinoamericano. «El tema parecía cumplir ciertos pedidos: la originalidad, la cuestión de género tan rostro a la progresía americana, la mezcla de exotismo y proximidad», menciona Caparrós, que ha preparado la historia con la idea de brindarsela al semanario, la ha traducido y logró que la recibiesen, en «Lacrónica» . Firmar en «The New Yorker» es publicar en la revista de alusión en todo el mundo del periodismo de gran formato. «Al cabo de un par de meses un editor me ha escrito que mi texto era “demasiado literario”: yo nunca habría figurarse que ese podía ser una causa de rechazo en el “New Yorker”». Se ha publicado a Muxes de Juchitán años más tarde, en 2003, ” ” en ” una extraña revista “, ” Surcos “. «Lacrónica, entonces, continuaba siendo un poco paria. Pero ya, vaya a saber por qué, comenzaba a ponerse famosa», termina.

The New Yorker es una revista estadounidense semanal que publica críticas, ensayos, reportajes de investigación y ficción.

Cuando ya llevaba unos años publicando reportajes largos, en los años treinta la revista neoyorquina ha fijado su estilo en una guía de 31 puntos. Nada de encadenar tres adjetivos en los nombres, como hace Caparrós al escribir «sus hijos valientes, trabajadores, bravos». Nada de comenzar las frases con «y» o «pero», porque las conjunciones no se deben utilizar para lograr un efecto literario. Algunos ejemplos en «Muxes de Juchitán»: «Y la desdentada comienza… / Y después el caballero. / Y se les nota… / Pero continuaba… / Pero, sobre todo…».

Se pusiese de moda en los 2000 o hace decenios, 2015 ha sido sin incertidumbre el año de la no ficción. El Nobel a Svetlana Alexiévich, el primero que se acepta a un escritor por su empleo periodístico, aumentó la no ficción a la altura de las mejores novelas. La crónica cada vez tiene más protagonismo en los catálogos de las editoriales dedicadas y nacen otras -Dioptrías, Círculo de Tiza o Libros del K.O. que solo publican este género.

El libro de Caparrós, «referente» e «inspiración» de la reportera argentina Leila Guerriero, ha sido uno de los títulos más enfatizados del último cuarto del año pasado. En «Lacrónica» el reportero recoge los mejores reportajes que publicó en sus 30 años de oficio. Es su «autobiografía profesional». Entre texto y texto, reflexiona sobre el periodismo.

Menciona que un cronista es quien «literaturiza el periodismo»; una crónica, «eso que nuestros diarios hacen cada vez menos». Defiende que el reportero tiene que combinar la mirada con la escritura, lo que él llama «la postura del cazador»: estar atento a cada detalle porque todo puede ser substancia de una historia. La crónica, «lo que otros llaman “nuevo periodismo”», tiene que ir en contra del público, contar lo que muchos no quieren saber.

Las reflexiones de Caparrós bien podrían ser el manifiesto de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Creada por Gabriel García Márquez, este instituto ayudó al apogeo de la no ficción, género cultivado de forma militante por reporteros latinos: Alberto Salcedo Ramos, Alma Guillermoprieto, Diego Fonseca… «La crónica es un género sudaca», reivindica Caparrós.

Caparrós también defiende el empleo de la primera persona, siempre que el cronista no hable «más de sí que del mundo», pero consagra las primeras 15 páginas de «Belgrado. La guerra moderna» a contar los impedimentos que ha tenido para lograr un visado en su primera vez en la guerra. Cuando aborda la cuestión de la fidelidad a los sucesos, menciona que en determinados casos no es importante ser veraz al distinguir si llueve o hace sol, o si el té lo lleva un caballero vestido de verde o un muchacho vestido de azul. Más adelante relata la historia de una mujer víctima de la explotación sexual y escribe: «Afuera nieva. Lo bueno de la nieve es que vaga en el aire: ahí donde el chaparrón cae, la nieve flota, como si no tuviese un final, hace , como si no quisiese nada». Si en realidad hacía sol, es irremediable sospechar.

Juan Pablo Meneses forma parte de esta corriente de reporteros latinos. Creador de la Escuela de Periodismo Portátil, este periodista chileno trasladarse en «Un regreso al Tercer Mundo» por Dakar, Etiopía, Brasil, Bolivia, Pakistán y Ucrania para descubrir qué setapae en lasáreass que menos atención reciben.

Una idea espléndida con una ejecución fallida. A veces la escritura es ampulosa y afectada. Su tentativa por trascender el periodismo clásico le lleva a ensayos como escribir 41 veces continuadas la palabra «crisis», 28 veces «comer» sin espacios entre medias o dejar pulsada la tecla «a» hasta dejar un mazacote de 256 aes.

En sus reflexiones sobre «lacrónica», Caparrós se olvida de los editores, una figura que no solo orienta y corrige al autor, sino que previene a tiempo de que ideas en apariencia geniales en realidad no lo son. En «Un regreso al Tercer Mundo» se echa en falta una buena edición.

Sexto Piso es una editorial independiente y literaria, en su sentido más extenso, que nace en México en el año 2002 y que desembarca en España en el año 2005.

El estilo efectista de Caparrós y Meneses contrasta con el de Jon Lee Anderson en «Crónicas de una nación que ya no existe». Sexto Piso traduce las crónicas que el reportero estadounidense, también maestro de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, ha escrito para «The New Yorker» desde Libia durante la caída del dictador Gadafi.

El personaje de Finkel en el film menciona: «Sabía que si pensaban, a los lectores les importaría más que todas esas cosas le han pasado a un solo chico en vez de a cinco». «Estaba tan abismado en contar una gran historia que he perdido por completo mi obligación con la verdad». «The New York Times» ha publicado una nota en la que comunicaban a sus lectores de lo sucedido y solicitaba disculpas. En una entrevista posterior al estreno de «True Story» Finkel bromeó con las autorizaciones que se toma el film con la realidad.Gascón menciona: «Me parece que el periodismo estadounidense tiene en general criterios más estrictos». «Además del peso de una cultura y una tradición ‘literaria’ mal comprendida que a mi proceso está modificando, puede ser una cuestión de recursos». En Estados Unidos se toman tan en serio la estima al «método» de la no ficción que hasta le consagran films. «True Story», estrenada este año, cuenta el caso de Michael Finkel, que fue despedido de «The New York Times» en 2001 por atribuirle atributos de otros entrevistados a un nene que trabajaba en condiciones de esclavitud en una plantación de cacao de Mali. El «composite» de Saviano.

Con la sobriedad propia del periodismo anglosajón, no hay palabrería ni la primera persona del reportero se apropia de las crónicas. El estilo de «The New Yorker» no es literario: la información y la claridad priman sobre todo lo demás. El volumen es un documento de gran valor para comprender cómo Libia se ha librado de Gadafi para quedar a merced de «el despotismo de una inestabilidad generalizada y riesgosa». Sexto Piso acierta al insistir con un autor cuyas crónicas africanas ya ha traducido en «La herencia colonial y otros tormentos».

Cuando me mencionan, la lectura conjunta de Caparrós, Meneses y Anderson hace bueno el miedo del periodista Miguel Ángel Bastenier: « que han hecho periodismo literario tengo la percepción de que me quieren timar».