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Teletrabajo. De la necesidad virtud
Nadie duda ya de que la actual crisis significará más que un punto y aparte en la historia del capitalismo y en las relaciones sociales a nivel global. Los ayer ultradefensores del liberalismo andan llamando a la puerta del papá estado para que les salve los muebles y la cuenta de resultados. Los ciudadanos ven con sorpresa y rabia, que las plusvalías que generaron con sus impuestos los años de bonanza, son repartidos a toda prisa para salvar a empresas y bancos, en lugar de afianzar las prestaciones sociales.
Esa es la realidad que nos ha depasado a todos; pensábamos que era una crisis coyuntural, pero quien ha entrado en crisis es todo el sistema capitalista. Las grandes empresas se deslocalizan o pactan ayudas millonarias para atrasar esa deslocalización. Las empresas auxiliares que les proveen van cayendo, y con ellos las de servicios.
Las relaciones laborales no son una excepción dentro de ese “totum revolutum”. El paro está cayendo como una losa sobre unos ciudadanos tremendamente endeudados previamente con los que justamente son objeto de las actuales millonarias donaciones.
¿Es la hecatombe?... Puede. Pero también puede ser la oportunidad para dar un salto adelante. Los dinosaurios se extinguieron... pero los pequeños mamíferos pervivieron, para acabar haciéndose después los amos del planeta.
Lo que sí es, es un momento para que cada cual se siente y piense cuál es el camino a seguir.
Y es que, aunque no nos lo creamos, tenemos una base sólida. Muy probablemente se estudiará dentro de unos años en las universidades la responsabilidad del entorno mediático en, primero esconder la crisis y luego, explosionarla de forma que los consumidores reaccionasen reduciendo drásticamente sus gastos, con lo que se consiguieron efectos aún más dañinos.
Para ver lo que necesitamos ver, vayámonos a un pueblo cualquiera de nuestra piel de toro. El señor que araba el campo, continúa haciéndolo, Si no trigo, soja y si no, cebada. Las vecinas continúan haciendo el trueque de “verduras `por conejos” y viceversa. Los mercados están a rebosar con lo que les sobra. Curiosamente, es en las zonas agrícolas donde se están comprando coches casi a la misma velocidad que antes de la debacle.
Vayámonos a otro lado. Las pequeñas tiendas de informática de los barrios iban cerrando por la competencia de las grandes superficies. Ahora, los servicios técnicos de las que quedan están a rebosar, y lo mismo pasa con los talleres mecánicos que no son servicios oficiales. Los lampistas tampoco han reducido su trabajo.
Tienen ambos ejemplos dos cosas sospechosamente en común: El valor añadido se genera desde casa y la versatilidad para poder generar un producto u otro, dependiendo de la demanda.
Esto nos hace ver que la economía real, la de la prudencia, continúa funcionando sin excesivos problemas. La que ha caído es “la otra economía”. A lo más, esa economía real ha sustituido el termino barato, que queda feo, por el “low cost” y las compras en lugar de en el mercadillo se hacen en el “oulet”
Lo que es lógico pues, continúa funcionado. Sólo aquello construido fuera de la lógica es lo que realmente ha entrado en crisis.
¿Es lógico que un profesional o un trabajador pase entre 1 hora y una hora y media de promedio en cada desplazamiento desde su casa al trabajo?
¿Es lógico que un ciudadano y su pareja marchen de su casa a las seis y media de la mañana para volver a las nueve y media, quedándose a comer fuera de casa y que ese piso sólo les sirva para dormir, pagar hipoteca y liquidar impuestos a un ayuntamiento del que ni tan siquiera sabe quién es el alcalde?
¿Es lógico el más que importante coste personal, que se traduce en absentismo laboral, y que ocasiona el desarraigo familiar que comporta no poder hacer frente a la tan cacareada compaginación del trabajo personal con el familiar? ¿Que hemos de hacer con nuestros niños y abuelos que también sufren en primera persona esa locura?
Con la tecnología que ahora disponemos no podemos mirar las relaciones laborales como en el siglo XIX. Una gran parte de los trabajos de la “otra economía” se basaban en estos axiomas, tan alejados ya de la lógica.
Debemos volver al valor añadido desde casa y a la versatilidad, y entender el concepto teletrabajo como UN DERECHO MAS DEL TRABAJADOR, derecho que ha de ser capaz de exigir y que el estado debe dárselo.
Al final de “Desayuno con diamantes” de Blake Edwards, Paul informa a Holy de que tiene una carta de José, en la que anula cualquier posible compromiso dejándola en la calle y sin un euro, y A. Hepburn dice entonces una de las mejores frases de la película: “No se puede leer una cosa así sin tener los labios pintados” Y es cierto. Uno de los ramos que aumentan su facturación con las crisis es el de los cosméticos.
Este es un nuevo y apasionante campo para todos los que en nuestro trabajo nos relacionamos con la tecnología. Somos, no lo dudemos, los más y mejor preparados para explicar a la sociedad que ya es hora de romper las barreras mentales que nos anclan al siglo XIX. Pocos son los costes y muchos los beneficios.
Josep Jover
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