Trazos de amor, ironía y autismo

Feb 6, 2012 | Publico


Miguel Gallardo ya era ilustrador cuando nació su hija María. Sin embargo, no sabía que, años más tarde, tras diferentes y fallidos informes médicos, un neurólogo les daría el diagnóstico que iba a cambiar su relación con las imágenes, su estilo e incluso su escala de valores. María tenía ocho años y era una niña con trastorno autista, una enfermedad de amplio espectro, que abarca desde gente que está ingresada en instituciones clínicas, hasta personas que trabajan en un banco, casados y con hijos, o incluso en Silicon Valley, el centro neurálgico de las empresas tecnológicas, sólo apto para las cabezas privilegiadas.

"Muchas de las personas con trastorno autista tienen alguna habilidad memorística y en el caso de María son los nombres de las personas. Recuerda el nombre de todas las personas que ha conocido en su vida", cuenta el ilustrador, que desde que reparó en ello puso su don al servicio del de su hija, que tiene un 80% de discapacidad. Ella vive en Canarias con su madre, por eso, en cuanto tienen la oportunidad de verse, Gallardo se pone "al tajo".

"Compro una libreta, ella va diciendo sus listas de nombres de compañeros de clase, de profesores... y yo voy dibujando los personajes. A veces sin conocerlos, porque son compañeros que no he visto nunca", explica uno de los dibujantes clave del cómic underground de la transición española, quien ha publicado sus creaciones en periódicos internacionales como The New York Times y actualmente trabaja como ilustrador para Público y La Vanguardia. "Ella disfruta un montón viéndome dibujar, es completamente mágico que de pronto yo pueda retratar o interpretar a las personas que le gustan", continúa.

Cuando está con ella, empieza de nuevo una y otra vez

Además, María, a fuerza de cariño, ha dirigido los trazos de su padre hasta rediseñar su estilo. "Es mi jefe más exigente. Está a mi lado haciéndome trabajar todo el rato y son figuras en dos líneas que tengo que dibujar muy rápido, mientras ella recita sus nombres". Después, desvela el secreto con el que la hija también ha modificado la escala de valores del padre: "Cuando terminamos el cuaderno, María comienza a imprimirle su propio orden. Desaparecen las tapas, separa las hojas una por una y las distribuye por las habitaciones". 

Luego esos papeles son troceados en porciones mínimas que sólo ella sabe reconocer. "Juega con ellos y de repente coge uno en el que se ve un trozo de nariz de alguien y ella sabe perfectamente de quién es". Cuando está con ella, empieza de nuevo una y otra vez. "Los dibujos son para verlos y romperlos. Está bien porque pone todas las cosas en su nivel, para ti es una cosa importante y para ella es una libreta", comenta antes de asegurar que María ha cambiado muchas cosas en su vida y casi todas para bien. 

Para Gallardo, que también dibuja los pictogramas con los que su hija aprende a asimilar las rutinas de una vida que se mueve a demasiada velocidad, las imágenes se han convertido en la oportunidad de comunicarse de algún modo con [...]


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